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El Gran Borrón

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Traducido por S. Vera

English original here

Rehaciendo la identidad blanca

Aquellos preocupados por el futuro de la raza blanca hablan de defender al Hombre Occidental. Yo, sin embargo, nunca he tomado concepciones defensivas a este respecto y prefiero hablar de ello como un proceso creativo.

El problema que tengo es que el Hombre Occidental como lo conocemos es el que nos ha traído hasta este punto, y pienso que lo que está cayendo no debe ser sostenido, sino que empujado. Digo que dejemos al hombre occidental morir para que pueda renacer, el doble de fuerte y magistral que antes.

Es cierto. El hombre occidental conquistó el planeta, caminó en la luna, construyó el mundo moderno y desarrolló tecnología que transformó a la humanidad.
Pero hoy es despreciado. Los textos escolares escupen en su legado, las películas lo retratan como malvado, las series de televisión lo muestran como afeminado y los publicistas lo ignoran o lo pintan como un perdedor. Las calles ya no tienen los nombres de sus héroes y los planetas ya no son llamados con los nombres de sus deidades.

Peor aún. Las universidades permiten el ingreso de otros antes que él, y cuando a él se le permite entrar se le dice que es el cáncer de la historia humana. Sus líderes políticos quieren un futuro en que haya menos como él. Los científicos sociales van incluso más lejos y le dicen que su raza ni siquiera existe.

Sí, puede que el Hombre Occidental haya sido una vez el rey del mundo, pero hoy está siendo borrado de las páginas de la historia humana. Es la víctima del Gran Borrón: la borrón de los blancos y su legado.

También es cierto que el hombre occidental tiene competencia: sus países están siendo colonizados por colonos del Tercer Mundo, que no se parecen a él y a los que no agrada. Vienen en busca de su dinero, procrean competitivamente, piensan y actúan como grupo, son agresivos y despiadados.

Pero ellos no son el principal problema. El principal problema es el mismo Hombre Occidental, porque es su peor enemigo.

Es él el que abrazó los valores de la Revolución Francesa (la psicopatología terrorista de la izquierda), él fue el que se convirtió en un verdadero creyente en la nación proposición[1], él fue el que abrió sus fronteras al resto de mundo y él fue el que aprobó las leyes que lo despojan. El hombre occidental auspició su propio declive.

Él es el que se hace a un lado, rindiéndose, disculpándose de rodillas, por voluntad propia, por algún mal que hizo el tío lejano del vecino del amigo del primo del jefe del hermanastro de la novia hace trescientos años.

De hecho, ahora se ofende cuando alguien intenta velar por sus intereses, es el acusador más vigoroso de sus amigos, el primero en sacar a la luz la corrección política, el primero en a decirle a sus amigos que son racistas, el primero en despedirlos, en condenarlos al ostracismo, en mandarlos a la cárcel y el primero en decir que no hay lugar para sus amigos en una sociedad civilizada.

Los que vienen a vivir entre nosotros no pueden creer lo suertudos que son, porque el Hombre Occidental los equipó con todas las herramientas intelectuales necesarias para sacarle ventaja. Sin duda, no pueden creer la estupidez del Hombre Occidental por dejar todo ir, por convertir a El Dorado occidental en una gran piñata, cosa que ellos jamás harían. Frente a nosotros ponen caras indignadas, pero en casa deben estar retorciéndose de risa, riéndose de la idea de que el hombre occidental realmente piensa que la diversidad racial es buena para él.

Culpa

Pero quizás soy un poco injusto, porque no todo occidental ha sido un traidor a la causa occidental.

Algunos no siguen la corriente. De hecho, han identificado el error y buscan corregirlo montando una oposición.

La mayoría están mal informados, tan saturados de información contradictoria que son incapaces de saber si están bien o mal. Determinar la verdad requeriría mucho tiempo y esfuerzo, y ya que están bajo presión económica y social, no tienen motivación para hacer preguntas difíciles. Esto puede ser culpa por omisión.

Los verdaderamente culpables son una pequeña minoría. Los encontramos en el margen lunático de la extrema izquierda: académicos rabiosos, grupos de presión y terroristas marxistas encapuchados. También encontramos miembros de esta minoría en los más altos escalones de poder: políticos corruptos, hombres de negocios inescrupulosos, cínicos mediócratas, que saben lo que es correcto, pero que actúan de otra forma porque da dinero. En síntesis, hablamos acá del Hombre Igualitario y del Hombre Económico. Estos son culpables por comisión.

Y cuando miramos alrededor y vemos lo que han hecho, y analizamos las implicancias de sus acciones, la magnitud de su crimen es tan asombrosa que desafía la comprensión. Podrían pensar que individuos con una inmoralidad tan sorprendente hace tiempo que habrían tenido que ser echados a un lago lleno de pirañas.

Pero esto no es lo que vemos.

De simio a hombre, de hombre a dios

El Hombre Occidental ha cometido errores. Se ha enamorado demasiado de sus propias buenas ideas, las iluminadas ideas revolucionarias de libertad, igualdad y hermandad, ideas universalistas imbuidas de una lógica que podría funcionar en una sociedad racialmente homogénea pero que, en una sociedad de diversidad racial competitiva, lleva inexorablemente a donde estamos.

Sin embargo, fanáticos y minorías autocomplacientes fueron capaces en el tiempo de explotar estas ideas a sus extremos lógicos para obtener una máxima ventaja, ya fuese para ellos mismos o su grupo.

Empezaron de manera marginal, como un circo de detectives, alcohólicos, gamberros y psicópatas, guiados por genios impuros con una oratoria pirotécnica. Primero, horrorizaron y luego avanzaron a través de nuestras instituciones hasta que, debido a la falta de una efectiva oposición, se hicieron dueños de nuestra sociedad, capaces de envolverse en el abrigo de la legitimidad institucional. Y ya que la gente admira y se siente atraída por el poder, las ideas de la izquierda terrorista le parecieron importantes a muchos sólo porque venían de arriba.

De esta forma, su creación, el Hombre Igualitario, vino a representar al mejor hijo de Occidente, el grandioso arquetipo contra el que todo y todos son medidos.

Identidad negativa

El Hombre Igualitario se hecho semejante a un dios, incluso los que se le oponen aprenden, ven y piensan de una forma que le sirve. Incluso la forma en que pensamos de nosotros mismos, hasta el lenguaje que utilizamos para describir nuestras ideas le sirven: él es liberal, así que nosotros somos anti-liberales; él es moderno, entonces somos anti-modernos; él es feminista, nosotros somos anti-feministas; él es demócrata, así que somos anti-democráticos; él es comunista, nosotros somos anti-comunistas; él está a favor de la inmigración, nosotros en contra; él apoya la diversidad, nosotros estamos en contra; él está a favor de la igualdad, nosotros no; él está a favor de la globalización, nosotros estamos en contra; él es materialista, nosotros estamos contra eso también. Parecemos una negación de todo lo que él es. El Hombre Igualitario establece el vocabulario, nosotros lo aprendemos y sólo decimos que no a todo. Por ende, él puede decir que es positivo y nosotros negativos.

En suma, nos tiene en un círculo negativo, exactamente donde quiere, actuando como un montón de negadores, viejos enojados mostrando el puño a un mundo que los dejó atrás. Es así como quiere que nos comportemos. Así es como nos quiere. El hecho es que cuando hablamos sobre defender al Hombre Occidental estamos jugando el juego de la igualdad.

Ahora, parece extraño concebir la defensa del Hombre Occidental como algo negativo. Ciertamente no tiene que ser negativo, pero lo es cuando el movimiento que clama estar a favor del Hombre Occidental, cuando la verdadera naturaleza del problema, se conceptualiza en términos defensivos. La implicación es que el Hombre Occidental está paralizado, en coma, mientras sus atacantes están en movimiento.

Lo que esto dice es que no pensamos al Hombre Occidental como dinámico, no creemos que tenga energía creativa, creemos que no va a ninguna parte, que el Hombre Occidental está muerto. Y por eso es que para nosotros es como un cuerpo embalsamado, en un sarcófago, en un mausoleo, que necesita preservación y guardia frente a sus asaltantes.

Lo que esto dice es que nuestras opciones son o afirmarnos dentro de nuestra tumba, o ser arrollados por la carga enemiga. Esto define la causa por el Hombre Occidental no como acción, sino como reacción, no como algo que hacemos, sino como algo que nos hacen a nosotros.

Esto es una concesión y una admisión de debilidad, una cesión de iniciativa al enemigo. ¿Merece el Hombre Occidental vivir si actúa de esta manera, siempre con un pie atrás, siempre en la defensiva, siempre quejándose?

Ataque

No se puede negar que el Hombre Occidental está bajo ataque, y no se puede negar que se necesita defensa, pero la sola defensa es insuficiente.

¿Por qué mejor no hablamos de deshacer al Hombre Igualitario? ¿Dónde están los leones? ¿Por qué él no está en la arena con ellos?

Revuelta de la mente

Se podrían argumentar que negar al Hombre Igualitario, o a su creador, la Izquierda, es admisible porque la Izquierda es negativa y dos negativos hacen un positivo. Bueno, dos negativos no hacen un positivo, no en este caso. Dos negativos hacen una posible respuesta negativa. Esto descoloca y deprime. Hace que la gente piense “No quiero estar cerca de ese viejo gruñón. Creo que mejor iré junto a esos sujetos sonrientes de allá”.

Cuando uno se autodefine en relación al Hombre Igualitario como su opuesto, uno está diciendo que no tiene ideas originales propias. Uno está diciendo que el Hombre Igualitario es lo más importante en la vida y que, por lo tanto, uno está atrapado en su mundo. Uno no es un rival para el macho alfa, sino que un parásito que se ha pegado a él y que vive a costas de él.

No. Si lo queremos humillar, no negamos al Hombre Igualitario, lo ignoramos. Establecemos nuestros propios parámetros y lo forzamos a definirse en relación a nosotros, como una negación de lo que somos.

La izquierda como negación

Si uno desaprende su lenguaje, uno encuentra que bajo sus lindas palabras el fanático de la igualdad, la Izquierda, representa el movimiento más negativo inventado jamás por el hombre.

Primero que todo, la Izquierda es una negación de la humanidad: reduce las sociedades a relaciones económicas. Para sus proponedores no somos personas, somos un balance en una cuenta bancaria, un número de seguro social, un puntaje de crédito y, por supuesto, un rol único tributario.[2]

La izquierda es una negación de la identidad: “no hay una raza más que la raza humana”. Para sus proponentes no somos un pueblo glorioso con un destino, sino una “construcción social”.

La Izquierda es una negación de la diferencia: quieren que todos sean iguales, aman la uniformidad y demandan conformidad. Podemos verlo en su arquitectura: grandes bloques de cemento, fila tras fila de pequeñas ventanas, residentes atiborrados en celdas uniformes, tragando comida chatarra e hipnotizados por televisión estupidizante.

La Izquierda es una negación de la calidad: en su mundo todo es estandarizado, es una apelación al mínimo común denominador.

Es por eso que todo lo que producen es de mala calidad, es por eso que su arte es un crucifijo en una jarra con orina, eso es porque son resentidos de la belleza y buscan destruirla, a través de su mal llamada arte o mediante la mezcla. La belleza es elitista, discriminatoria, no democrática.

Por lo mismo, la Izquierda es también una negación de la belleza.

La Izquierda es una negación de la excelencia. La industria, la ambición y la inteligencia están penalizadas con impuestos devoradores. La flojera, la mediocridad y criminalidad son recompensadas por el Estado de bienestar.

La Izquierda es una negación de la espiritualidad: para ellos un hombre iluminado es un hombre sin religión, un agente ilegal de bolsa, vendiendo acciones basura a los crédulos, motivados por el egoísmo y un cálculo despiadado.

La Izquierda es una negación de la verdad. Cuando la ciencia prueba algo que le es inconveniente, es negado. Un descubrimiento es científico sólo cuando prueba la igualdad. Cuando no lo hace, no es ciencia, es prejuicio…odio…racismo.

Finalmente, la Izquierda es una negación de la vida. Para la Izquierda la sociedad no es un organismo. Es una máquina. Por eso busca mecanizarlo todo, por eso hay pirámides de calaveras en Camboya.

El mundo de la Izquierda es un mundo muerto, un mundo de materia muerta y de abstracciones sin vida. Es anti-humano, anti-natural, anti-aristocrático, anti-libertad, anti-belleza, anti-metafísico, anti-verdad, reduccionista, inmoral, lleno de odio, genocida, necrófilo, deshonesto, una ideología predadora que ha sembrado muerte allá donde ha ido.

Un montón de mentiras

Considerada globalmente, es justo ver a la Izquierda como un montón de mentiras, porque es inmoral incluso por sus propios standards de moralidad profesados. Por ejemplo, en su Declaración Universal de Derechos Humanos de Naciones Unidas, sostienen que los pueblos de la Tierra tienen derecho a la autodeterminación. De eso precisamente tratan las conferencias de American Renaissance[3], y aún así los izquierdistas las suprimieron hace unos años. También en su Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, tratan como crimen el hecho de infligir sobre miembros de un grupo condiciones de vida dirigidas a destruirlos. Sin embargo, investigaciones farmacológicas están siendo realizadas en la Universidad de Oxford para desarrollar una píldora que “cura” a la gente de la consciencia racial. Todos los noticieros liberales estaban felices. Interesantemente, todos los sujetos de experimentación eran blancos.

¿Cómo invertimos esto? ¿Cómo nos reinsertamos en el mundo y reclamamos nuestro destino?

Entender esto comienza por examinar primero de que forma no lo reclamamos, definiendo de que no es nuestra lucha.

No es sobre partidos políticos

Nuestra lucha no es sobre partidos políticos. La política es el arte de lo posible, y en una cultura donde la identidad blanca es malvada, una política identitaria blanca no es posible. La nuestra es una lucha cultural, y en una lucha cultural el campo de batalla es la cultura, no la política. Los ejércitos se forman de aquellos que producen cultura, no de políticos o de militantes políticos; el arma es la producción cultural, no un slogan político.

Esto no quiere decir que la política no tiene nada que ver con nuestra causa. Tiene mucho que ver. Tampoco quiere decir que deberíamos retirarnos completamente de la política partidista, pero en una guerra cultural debemos recordar que la política es la última batalla. Sin ganar la cultura no se puede ganar la elección. Sin poder cultural no se puede alcanzar el poder político. La cultura define la política, no al revés.

Lo más que podemos esperar de la política partidista hoy es resistir, hacer presencia en el espectro político, para que así los embates de la Izquierda no pasen sin por lo menos una respuesta.

No es sobre “El Colapso”

Nuestra lucha no es sobre “El Colapso”. Hoy un colapso del Sistema puede ser deseable, pero es deseable sólo mientras tengamos algo creíble y atractivo que construir después de eso. El colapso por si mismo no es una solución, sino que sólo puede ser un medio para un fin, el despeje de la cubierta que hace espacio para lo que sigue. Y ese es nuestro destino, lo que viene después.

No es que un colapso lleve automáticamente a un despertar blanco. Un colapso lleva simplemente al miedo, y sin un sistema alternativo que establecer para tomar el poder, un colapso sólo da espacio al que sea más fuerte en ese momento. Así que debemos tener cuidado con lo que deseamos.

No es sobre fertilidad competitiva

Tampoco nuestra lucha es sobre aumentar la fertilidad. Definitivamente necesitamos continuar con la cadena de generaciones, mantener nuestras tradiciones vivas y aumentar nuestro legado. Pero más nacimientos blancos en un sistema anti-blanco sólo generan más ciudadanos anti-blancos, más contribuyentes con culpa que desean más ayudar a aquellos que los odian que a aquellos que los ayudan.

Nuestros hijos necesitan primero un ambiente sano, así como un planeta habitable. Vivimos en un sistema cerrado con recursos limitados. Nuestra civilización es energía intensiva, y si bien los blancos son un porcentaje pequeño de la población mundial, hoy hay más blancos de lo que habían hace cien años, cuando dominábamos al mundo. El problema no es la sobrepoblación en nuestros países, sino la sobrepoblación en todos los demás lugares. Gran parte del Tercer Mundo sufre de niveles de población insostenibles. Vienen para acá porque no pueden vivir allá.

Definitivamente tenemos que ser fuertes demográficamente, pero si engendramos competitivamente devoraremos al ambiente y terminaremos comiéndonos unos a otros. Olvidamos que nuestra civilización es inmensamente poderosa. Los demás necesitan números porque muchas veces el número es lo único que tienen y, aún así, nos necesitan para mantener ese número.

No es sobre raza e inteligencia

Y tampoco es nuestra lucha sobre diferencias raciales en inteligencia. Esto puede sorprender a algunos, porque estamos interesados en esto, y es de hecho un área de estudio importante que tiene serias implicaciones para la política y el futuro, y tendremos que saber como formular buenas políticas una vez que estemos en posición de implementarlas.

Sin embargo, mientras el clima cultural sea igualitario, políticamente esta no es una campaña para gente con alto coeficiente intelectual, sino que es una para personas con uno bajo. Los datos sobre diferencias raciales en inteligencia dan el argumento del llamado “privilegio blanco”. Por consiguiente, cuando el clima cultural es igualitario, estos datos pueden ser científicamente inconvenientes para ellos, pero es políticamente inconveniente para nosotros, porque la simpatía es para el desfavorecido.

Es más, en términos políticos la verdad de los datos no importa. Lo que importa en términos políticos es como la gente se siente cuando se habla sobre estos datos. “Si digo que los negros son, en promedio, menos inteligentes, ¿pareceré mala persona?, ¿la gente cuya opinión me importa dejará de hablarme?, ¿mi colega negro se enfurecerá?, ¿me despedirán?, si me ven leyendo un libro sobre la raza blanca ¿me van a mirar feo en el transporte público?, ¿vendrá un negro y me armará una escena?”.

Podríamos desear despachar a gentuza como esa, pero necesitamos su apoyo si queremos ser más que una pequeña posición. No es bueno decir que necesitan despertar de una vez y darse cuenta de cosas evidentes. La gente prefiere morir antes que morir de vergüenza.

También vivimos en una era de sobrecarga de información, en donde información compleja puede ser organizada para probar virtualmente cualquier argumento. El resultado es que la gente puede escoger la información que mejor le convenga y elogie su vanidad. Así es como la ciencia se vuelve un discurso.

No es sobre conservar

Finalmente, nuestra lucha no es sobre conservar. Nuestra misión no es regresar a 1912. Esto no es sobre restaurar una imagen que ayer pudo no haber existido, o sobre conservar cosas que ahora están obsoletas. No somos anticuarios, curadores en un museo o una agrupación conservadora.

Para comenzar, no hay nada que conservar. Después de dos siglos y medio de liberalismo incluso los ultraconservadores son liberales.

Entiendan esto: el conservadurismo es igual de enemigo que el liberalismo, si no uno peor. El conservadurismo defiende la revolución previa, que hace a los conservadores irrelevantes, de manera que otorga una base lógica al liberalismo. Podemos incluso decir que los conservadores son los mejores aliados de los liberales, porque otorgan un respiro antes de la próxima ola de liberalización.

Últimamente, tanto el conservadurismo como el liberalismo se basan en la muerte. Mientras un conservador se queja de que las cosas están muriendo, un liberal se queja de que no están muriendo lo suficientemente rápido. Uno es un necrófilo, otro un asesino.

En contraste, la tradición es sobre la vida. Es sobre una idea que tiene raíces en un pasado distante, pero que se está constantemente renovando y regenerando a si misma. Y eso es muy distinto al conservadurismo.

Nuevo amanecer para el Hombre Occidental

Entonces, si un partido político pone la carroza antes del caballo, si un colapso hiperinflacionario es un arma de doble filo, si la súper fertilidad no es estrictamente necesaria, si la gente escoge la ciencia que le conviene, si el conservadurismo es la noche de los muertos vivientes, debemos buscar formas diferentes sobre como traer el nuevo amanecer del Hombre Occidental.

Así la pregunta es, ¿cómo traemos ese nuevo amanecer? ¿Cómo rehacemos al Hombre Occidental y la identidad blanca? ¿Cómo ganamos la guerra cultural?

Primer paso

El primer paso no es tratar de ganar la cultural liberal. Como dije antes, la Izquierda debe ser ignorada. No buscamos su aprobación. No aceptamos sus barreras. No reconocemos sus categorías. No jugamos con sus reglas. No nos importa su opinión. No nos importa si nos odian (de hecho, si no nos odian es porque estamos haciendo algo mal).

En suma, no jugamos su juego. En los viejos filmes del lejano oeste, cuando un vaquero veía que el juego de póker estaba arreglado en su contra, no trataba de arreglar el asunto amistosamente con su contrincante, sino que lanzaba la mesa al aire. Si el juego está diseñado para hacerte perder, lanza la mesa al aire.

No, no jugamos su juego. Ponemos nuestras propias reglas y jugamos nuestro propio juego, y eso comienza por identificar quienes somos y, más importante aún, quien queremos ser. ¿Hacia dónde vamos? ¿Cómo luce nuestro futuro? ¿Cómo queremos que luzca nuestro futuro?

Segundo paso

El segundo paso es sobre como comunicamos esa idea. Naturalmente, no podemos subirnos a una máquina del tiempo, viajar al siglo 22, enviarnos una foto de vuelta y proclamar “¡Así se verá nuestro mundo!”(Aún no estamos ahí). Pero podemos evocar el como nuestro futuro puede parecer y que tipo de gente lo conducirá, a través de la forma en que lo imaginemos.

Después de todo, el futuro comienza con ficción, y la ciencia con ciencia ficción. El sonido del futuro es el sonido de nuestra música. Y esto presupone que si estás por la cultura Occidental estás involucrado en la creación de cultura occidental, o al menos en capacitar a aquellos que lo puedan hacer.

La cultura Occidental no se limita a poner un hombre en la luna. La cultura Occidental se refiere también a arte, arquitectura, música, literatura, filosofía y espiritualidad, pero también a cosas como arte, diseño y modales. Quienes somos y quienes queremos ser  es comunicado de esa forma, así como también a través de la política.

Y, por supuesto, se comunica también por el lenguaje. Esto significa que si vamos a jugar por nuestras propias reglas, tenemos que desarrollar nuestra propia forma de comunicar nuestras ideas. Esto comienza por desarrollar nuestra propia terminología. No usamos las palabras del enemigo, no utilizamos la negación de aquellas palabras. No decimos que somos inegualitarios, sino que celebramos la diferencia. ¿Qué van a decir los izquierdistas? ¿Que son anti-diferencia? Si son anti-diferencia, ¿no los hace eso totalitarios? Y si son totalitarios, ¿se disculparán por los gulags? Nosotros establecemos las reglas y las ponemos de pie.

Es importante recordar que el 99% de la guerra cultural se hace con el lenguaje. La guerra cultural es casi toda una guerra de palabras. Cuando los igualitarios llaman a alguien racista el 99% del trabajo está hecho. El resto viene rápido. Es por eso que se concentran en el lenguaje, porque no les importa mucho la ciencia de la raza y por eso son grandes en la corrección política.

Primero, declaramos nuestra independencia con palabras y luego siguen los hechos.

Tercer paso

El tercer paso es el más importante: la articulación de un arsenal moral para la consciencia racial blanca. El impedimento más importante en la causa del Hombre Occidental es la falta de creencia en la moralidad de la consciencia racial blanca.

Nuestra lucha va más allá de la economía, de la criminología, de las relaciones entre razas, de la biología y de la lógica. Va más allá de todo esto porque hay cosas que son esenciales para la existencia humana, que son esenciales para vivir una vida buena y significativa y que no son necesariamente lógicas, inclusivas o rentables.

Nuestra lucha es una lucha moral. El Hombre Occidental está altamente preocupado de la moralidad, por lo que la causa del Hombre Occidental necesita ser concebida como una causa moral, y necesita ser sostenida en términos morales.

La Izquierda es fuerte hoy porque fue exitosa en presentar su cruzada como una cruzada moral.  La Izquierda permanece fuerte hoy porque nadie más ha hecho una afirmación moral más convincente.

Es por eso que es fútil tratar de convencer a alguien de la necesidad de una identidad racial blanca con hechos y razonamiento. Los únicos preparados para aceptar estos argumentos son aquellos que ya tienen una identidad racial blanca. El resto ni siquiera quiere escuchar. No quieren saber acerca de ciencia, incluso si es correcta porque piensan que es inmoral y creen que estar a favor de la igualdad los hace mejores personas. E incluso si no les importa la igualdad, de seguro les interesa caerle bien a sus amigos, a su familia y a la gente cuyo respeto busca ganar o mantener. En el fondo, quieren sentirse bien ellos mismos. Esto hace a la consciencia racial blanca un asunto moral.

Es evidente que la mayoría de la gente está harta del status quo. Quieren ver cambios fundamentales y quieren probar soluciones radicales. Así es como el caballero que ahora vive en Pensilvania Avenue 1600 terminó ahí hace tres años: en aquél momento representaba un cambio fundamental a los ojos de la gente.[4] Entonces, hay evidencia de las personas quieren probar soluciones radicales y que muchos blancos secretamente quieren una solución como la nuestra. El problema es que no se atreven a decirlo, en parte porque no saben quienes somos, en parte porque no saben hacia donde vamos y en parte porque no saben como afirmar su identidad con la consciencia tranquila.

Antes de cambiar, tienen que estar convencidos en el fondo de su ser de la moralidad de jugar por su propio equipo. Una vez convencidos de la moralidad de lo que defienden, no se sentirán incómodos cuando el enemigo le haga preguntas, no sentirán la necesidad de explicar o justificar su forma de pensar, y no sentirán la necesidad de esconderse tras circunloquios apaciguadores. En vez de eso dirán “Sí, esto es lo que soy y en esto creo”.

Más aún, empezarán a desafiar a los igualitaristas con preguntas incómodas, preguntas que demandan respuestas, porque en último caso el Hombre Igualitario necesita disculparse por lo que ha hecho y salir del camino, porque ha probado que no es capaz de dirigir una sociedad, incluso en los términos afirmados por ellos mismos.

Comentarios concluyentes

Rehacer al Hombre Occidental también incluye un Gran Borrón, uno donde nosotros somos los que borran, donde borramos la negatividad entre nosotros así como a la negación de nosotros mismos.

El rehacer al Hombre Occidental no es una respuesta defensiva, sino una acción ofensiva. No es una lucha patética por la supervivencia, sino una lucha heroica por nuestra gloria. Y no se trata de embalsamar al hombre que era, sino de crear al hombre que vendrá.

Notas

1. Proposition nation. Eslogan utilizado por los neoconservadores estadounidenses es los años 90. Consiste en que la identidad de EEUU se limita a nada más que la idea de igualdad individual universal. (N.del T)

2. UTR (Unique Tax Reference number).

3. Organización y página web paleoconservadora y racista estadounidense (N del T.)

4. Hace referencia al actual Presidente de los EEUU, Barack Obama. Pensilvania Avenue 1600, Washington DC, es la dirección de la Casa Blanca (N del T)

 

 

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