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Confesiones de un odiador reacio

The Confessional2,467 words

English original here

Nota del autor::

Escribí el siguiente ensayo en junio de 2005, lo circulé alrededor de la internet bajo el seudónimo de Michael Meehan. Es el primero de muchos hijos “ilegítimos” de mi pluma que deseo reclamar como mía.

El racismo, adecuadamente entendido, es el reconocimiento de la realidad de las diferencias objetivas, las diferencias biológicas, entre las razas, que son tan dramáticas que la mezcla racial inevitablemente da origen al odio y a la violencia, de manera que la separación racial es el mejor modo de preservar todas las razas.

El racismo, correctamente entendido, es también el reconocimiento de que es perfectamente sano y normal y correcto amar lo que es propio de uno más que lo que pertenece a otros. Es natural, normal y correcto mostrar preferencias por lo de uno mismo, por la familia de uno, por los amigos, la patria, la nación y la raza de uno.

¿Por qué es tan sana, racional e ilustrada una perspectiva que ha difamado al racismo como “odio”? Preferir la propia familia a los vecinos no es odio. Preferir los propios amigos a los forasteros no es odio. Preferir la propia patria a un país extranjero no es odio. Yo prefiero a los Blancos que a otras razas, pero aquel solo hecho no significa que yo odio a las otras razas.

La preferencia no significa odio sino simplemente una desigualdad de afectos. Yo amo Nuevo Méjico, pero amo a California más. Y entiendo perfectamente que un nuevomejicano pueda sentir exactamente lo contrario.

Debo admitir que algunas personas se ven atraídas hacia el movimiento Nacionalista Blanco simplemente porque, por alguna razón psicopatológica, ellos están llenos de odio, y piensan que el movimiento les ofrecerá un lugar para expresar su odio abiertamente. Pero la gente enojada y llena de odio es atraída hacia todas las causas. Cada causa tiene un enemigo, que es marcado como un objeto apropiado de odio. Así, cada causa atraerá a gente enojada y enferma que busca una salida para su agresión. Sé por experiencia personal que los anti racistas son un grupo típicamente venenoso, agresivo y lleno de odio.

Sospecho, además, que algunas personas marginales y psicopáticas son atraídas hacia el Nacionalismo Blanco precisamente porque los anti racistas han fomentado la impresión de que nosotros estamos todos locos. Pero también sospecho que odiadores mucho más psicopáticos son atraídos hacia la corriente principal cultural y política que hacia un movimiento marginal como el Nacionalismo Blanco, simplemente porque el establishment no es precisamente escaso en objetos socialmente aceptables de odio. Es, por ejemplo, socialmente aceptable odiar a la gente Blanca, especialmente a los Blancos rurales y del Sur, a los Nacionalistas Blancos, a los árabes, a los musulmanes y a otros enemigos de los judíos. Entonces busque a la mayoría de odiadores psicopáticos entre las filas de los anti racistas, en las fuerzas policiales, entre los militares, y en el movimiento conservador dominante, especialmente entre los belicistas.

Pero debo ser franco. Aunque preferir la propia raza no conduce en sí mismo al odio hacia otras razas, yo realmente odio a otras razas. Aquí es donde mis enemigos colocarán las citas entre comillas, cuando saquen mis palabras fuera de contexto para difamarme. Lo que sigue es el contexto, es decir, algunas necesarias distinciones, calificaciones, ejemplos y explicaciones.

Primero que nada, encuentro muy difícil decir que odio a alguien o algo. Eso va en contra de mi naturaleza. Si es que algo, tiendo a ser demasiado sentimental y de corazón blando, demasiado abierto a las apelaciones a la emoción. Me gusta adular a los niños y a los perros, y encuentro especialmente difícil decir No a las mujeres.

Segundo, no odio a todas las otras razas. Si mañana descubriéramos vida en Marte, sé que yo preferiría mi raza a los marcianos. Pero yo no los odiaría. Igualmente, prefiero mi propia raza a los cazadores de cabezas de Papúa, a los aborígenes de Australia, a los pigmeos del Congo y a los bosquimanos del Kalahari. Pero no los odio. ¿Por qué no? Porque no tengo que vivir con ellos. Porque estoy separado de ellos. Porque, hasta donde sé, ellos no afectan negativamente mi vida.

Sin embargo, si la Iglesia Católica, el gobierno federal o la Sociedad Hebrea de Ayuda a los Inmigrantes (HIAS) establecieran una colonia de papuanos, aborígenes australianos, pigmeos, bosquimanos o marcianos en mi edificio, y yo tuviera que vivir en una cercana proximidad con ellos —y, peor aún, subvencionarlos con mis dólares de impuestos— yo probablemente comenzaría a odiarlos.

Por supuesto, yo comenzaría lentamente. Yo podría tratar de llegar a conocerlos al principio. Yo podría llevarles comida como un regalo de inauguración de una casa, aunque nerviosamente, porque yo no sabría si aquello trastornaría sus estómagos o violaría algún desconocido tabú de comida. Ya que ellos sabrían probablemente poco o nada de inglés y mostrarían poco interés en aprender, yo podría tratar de saludarlos mediante unas pocas palabras de su lengua nativa, aunque nerviosamente, porque yo siempre temería que la palabra en idioma pigmeo para “hola”, según mi oído, sería indetectablemente similar a una palabra obscena. Yo haría lo mejor que pudiera para interpretar sus reacciones, para determinar cómo mis gestos amistosos estarían siendo recibidos, pero yo encontraría a esa gente probablemente inescrutable y comenzaría a sentirme incómodo alrededor de ellos. Entonces, como el tiempo revelaría cada vez más nuestras diferencias raciales y culturales, realmente comenzaríamos a alterar los nervios de unos y otros.

Hace un año, yo habría colocado a los polinésicos en la lista de pueblos contra los que yo no tenía nada. Pero yo no tenía ningún contacto directo con ellos. Entonces varias familias de Samoa o Tonga se mudaron a unos pocos edificios más abajo. Pensé que ellos eran estéticamente poco atractivos: grandes, morenos, híbridos de australoides y mongoloides que fácilmente tienden a engordar. Pero ellos parecían bastante agradables al principio. Entonces comencé a notar ciertas diferencias molestas.

Por ejemplo, aunque su higiene personal no parezca problemática —aunque no me he acercado lo suficiente para confirmar aquello—, en otros aspectos ellos son gente indescriptiblemente sucia. Por ejemplo, son aficionados a socializar ruidosamente y a comer juntos al aire libre. Eso es bastante malo, pero días más tarde, el suelo todavía estaba sucio, no sólo con basura y juguetes sino también con la comida desechada. Después de su última comida al aire libre, la persona que les arrendaba tuvo que pagar a mejicanos para que limpiaran lo de ellos. Después de otra comida al aire libre, encontré un montículo de pescado podrido, hirviendo de moscas y gusanos, vertidos en el patio de un vecino. Por supuesto esta clase de comportamiento no sería un problema en Tonga o Samoa, donde es probablemente aceptado por cada uno. Pero aquí es asqueroso e irrespetuoso, para no mencionar el potencial riesgo para la salud.

Otros comportamientos son simplemente intentos de manipular a los estadounidenses Blancos, a quienes estos polinésicos parecen considerar con un cordial desprecio. Es difícil no ser despectivo con respecto a la gente cuyo compromiso con el “multiculturalismo” significa el abandono de sus propios estándares culturales cada vez que ellos entran en conflicto con los estándares extranjeros, no importa cuán bárbaros e inferiores sean éstos. Por ejemplo, cuando los samoanos o tonganos locales (o lo que ellos sean) encuentran ocupadas las lavadoras en su edificio de departamentos, ellos simplemente vienen y usan las máquinas de mi edificio. No sé cómo entran ellos. Sospecho que ellos hacen que sus abundantes hijos estén al acecho alrededor y luego mantengan abierta la puerta cuando alguien se marcha. Esto no sólo causa molestia a la gente en mi edificio que desea hacer sus lavados, sino que es un riesgo de seguridad que las puertas se queden abiertas. Además, una vez que ellos lograron acceder a la pieza de lavado, los detergentes que yo había dejado sin temor a que fueran robados por mis congéneres Blancos fueron rápidamente consumidos. Estos polinésicos ni siquiera se preocupan de esconder su robo hurtando un poco a la vez. Ellos son increíblemente estúpidos, o piensan que pueden robarle a los Blancos impunemente.

Ahora, éstos son problemas menores, en particular cuando se los compara con la grave situación de los Blancos que se ven obligados a vivir entre negros. Pero ellos ilustran cuán irritante la diversidad llega a ser rápidamente. Además, no puedo decir honestamente que odio a los polinésicos todavía. Pero si los encarara acerca de su comportamiento y la respuesta fuera desagradable, yo podría muy bien terminar por odiarlos. (No los he encarado porque estoy planeando mudarme en un futuro próximo, porque no sería nada bueno, y porque tengo un pescado más grande que freír). Pero los odie o no, no quiero vivir alrededor de polinésicos, ningún polinésico, nunca más otra vez.

No niego que la gente Blanca pueda ser desagradable. Pero prefiero Blancos desagradables a hombres de color desagradables cualquier día. Incluso la peor gente Blanca es más fácil de manejar. Al menos puedo apelar a estándares comunes, y el hecho de encararlos no se convierte en un incidente internacional.

Una tercera salvedad importante: es posible odiar a un grupo de gente y aún así no odiar a miembros individuales. Soy indefectiblemente cortés en mi trato con individuos de otras razas. He encontrado agradables individuos negros, judíos, mestizos y orientales. He encontrado incluso hombres no Blancos que son capaces de adoptar estándares y costumbres de los Blancos y vivir armoniosamente en una sociedad Blanca.

Pero nunca pierdo de vista el hecho de que estos agradables individuos son miembros de razas con identidades e intereses diferentes de las mías propias, razas que inevitablemente entran en conflicto con la mía cuando compartimos el mismo territorio.

Un individuo Negro, sobre todo si se ha criado en una civilización Blanca, puede resultar ser un erudito inteligente y admirable como Thomas Sowell. Pero muchos negros viviendo juntos según sus propias naturalezas nunca se elevan por encima del salvajismo primitivo. Los potenciales Thomas Sowell son cortados de raíz. Y cuando grandes cantidades de negros son soltados en una civilización Blanca, ellos inevitablemente la arrastran a su bajo nivel, como puede ser visto en Haití, Sudáfrica y Detroit. Simplemente no hay suficientes negros buenos en la comunidad negra para hacer posible cualquier otro resultado.

Un judío individual puede hacer contribuciones genuinas a la civilización Blanca. Gustav Mahler, por ejemplo, fue un muy buen compositor. Pero muchos judíos viviendo entre nosotros según sus propias naturalezas e intereses han sido abrumadoramente destructivos. Sin los judíos, no habría habido comunismo, que es la locura más mortal en la Historia humana. (El cristianismo, otro producto judío, no está lejos detrás). Sin los judíos, Estados Unidos nunca habría entrado en la Primera Guerra Mundial. Sin los judíos, no habría habido Segunda Guerra Mundial. Sin los judíos, Estados Unidos no estaría en guerra con Iraq, ni estaría el gobierno estadounidense planeando guerras con Siria e Irán. Tampoco EE.UU. estaría persiguiendo una imprudente política exterior anti rusa. Si cualquiera de estas aventuras conduce a la Tercera Guerra Mundial, un futuro historiador nos dirá que ella no habría sucedido tampoco sin los judíos. Comparado con estos crímenes, parece casi pequeño quejarse del papel judío en la promoción de cada forma de fealdad cultural, suciedad y degeneración. Simplemente no hay suficientes judíos buenos en la comunidad judía para hacer posible cualquier otro resultado.

Por supuesto, trato a los individuos como individuos. Pero no caigo en la locura del individualismo, que niega la realidad de las identidades de grupo, los intereses de grupo, y los conflictos inter grupales. Póngase en guardia cuando un individualista se vuelva pegajoso y sentimental acerca de los Gustav Mahler y los Thomas Sowell y luego “concluya”, en una afirmación arbitraria, que los problemas colectivos son inexistentes o que las soluciones colectivas son inmorales e inadmisibles.

Alex Linder una vez resumió esta clase de individualismo brillantemente: “Puesto que la raza negra produjo a Thomas Sowell, la raza Blanca debe morir”. Como los judíos produjeron un Mahler, la raza que produjo a Bach, Mozart, Beethoven, Brahms y otros innumerables genios, debe perecer. Después de todo, si los Blancos debieran asegurar su supervivencia, aquello sería “colectivismo”. Pero el individualismo se va a pique por el simple hecho de que los grupos son reales. Y los problemas colectivos requieren soluciones colectivas.

Mostré un bosquejo de este ensayo a un amigo que cuestionó la sabiduría de dar a nuestros enemigos una frase como “realmente odio a otras razas” para que la citen. Mi respuesta fue: nosotros los Nacionalistas Blancos afirmamos que, por regla general, la mezcla de razas inevitablemente causa odio y conflicto; de manera que es absurdo para nosotros fingir que somos inmunes a los efectos de la mezcla racial. Si los Nacionalistas Blancos que afirman esto último son honestos, entonces ellos son las refutaciones vivientes de su propia afirmación de que las sociedades multirraciales fomentan el odio racial.

Soy la prueba viviente de que las sociedades multirraciales provocan el odio racial. Pero aquí hay otra frase para citar: yo no quiero odiar a otras razas. Por eso quiero vivir en una sociedad homogéneamente Blanca. Tal sociedad tendría muchos problemas, pero el odio y el conflicto racial no estarían entre ellos.

El racismo, correctamente entendido, significa reconocer las diferencias biológicas entre las poblaciones y preferir a los miembros del propio grupo de uno. El racismo no tiene ninguna vinculación necesaria con el odio o la violencia hacia otras razas. En una utopía nacionalista racial, todas las razas tendrían patrias separadas y homogéneas. Todas las distintas tribus o nacionalidades tendrían patrias separadas también.

El nacionalismo racial y cultural no impediría la cooperación pacífica: el intercambio de bienes e ideas, el turismo, las competencias atléticas internacionales, los intercambios culturales y artísticos, los estudios en el extranjero, etc. Pero el nacionalismo impediría el odio y la violencia que son inevitables cuando razas y pueblos diferentes son obligados a compartir los mismos territorios y gobiernos. El nacionalismo, consecuentemente practicado, desalentaría incluso el azote de la guerra entre los etno estados, ya que los verdaderos nacionalistas raciales procurarían ni gobernar sobre otros pueblos, ni, en el caso de etno estados separados, interponerse en el camino de su secesión de Estados multiraciales y multiétnicos.

El multiracismo y el multiculturalismo tienen realmente, sin embargo, una conexión necesaria con el odio y la violencia hacia otras razas. En teoría, por supuesto, los defensores de las sociedades multiraciales y multiculturales hablan todos sobre amor, tolerancia y paz hacia todos los hombres (excepto para con los nacionalistas raciales y culturales, por supuesto, por quienes ellos no tienen ningún amor ni tolerancia, y contra quienes ellos están dispuestos a emprender guerras de exterminio). Pero en la práctica, los Estados multiraciales y multiétnicos no funcionan. Ellos conducen inevitablemente al odio, la intolerancia y al derramamiento de sangre.

Ellos incluso volvieron un odiador a un tipo agradable como yo.

 

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