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El Problema Judío en el Mundo Espiritual

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En Italia no es muy sentido el problema judío a diferencia en cambio de lo que sucede en otros países, sobre todo en Alemania, en donde el mismo hoy, tal como todos saben, suscita profundas antítesis no sólo a nivel ideal, sino también en la esfera social y política. Las últimas leyes recientemente sancionadas, inspiradas en Göring, según las cuales en Alemania no sólo los matrimonios mixtos, sino aún la misma convivencia entre judíos y no judíos es prohibida y los judíos y todos aquellos que se han casado en su momento con éstos son excluidos en forma definitiva de cualquier organización del Estado nazi, marca el resultado extremo de estas tensiones.

El problema judío tiene orígenes antiquísimos, variados e incluso enigmáticos. El antisemitismo es una temática que ha acompañado a casi todas las fases de la historia occidental. También para Italia no se encontraría privada de interés una consideración del problema judío. Y el hecho de que en tal país no están presentes tales especiales circunstancias, las que en otro lado han provocado formas más directas e irreflexivas de  antisemitismo,  permite  considerar  dicho tema con mayor calma y objetividad.

Como una primera perspectiva digamos enseguida que hoy en día el antisemitismo está caracterizado por la carencia de un punto de vista verdaderamente general, de las premisas doctrinarias e históricas, necesarias para poder verdaderamente justificar, siguiendo  un procedimiento deductivo, las actitudes antisemitas prácticas, es decir, sociales y políticas. Por nuestro lado, pensamos que un antisemitismo no se encuentra privado de una razón de ser: pero  la debilidad y la confusión de los temas prevalecientemente aducidos por los antisemitas, unidos a su  violento espíritu partidista, termina ocasionando el efecto contrario, haciendo surgir en cada espectador imparcial la sospecha de que todo se reduzca a actitudes unilaterales y arbitrarias dictadas mucho menos .por verdaderos principios que por intereses prácticos contingentes.

Es así como en estas notas nos proponemos proceder a un examen de las verdaderas razones desde las cuales una actitud antisemita puede ser alentada. Se dice que sí hoy existe en modo particularmente sensible un peligro judío en el campo de la finanza y de la economía en general, también existe un problema judío a nivel ético y, finalmente, también a nivel espiritual, religioso, de concepción del mundo; todo lo que se vincula con el semitismo, y sobre todo  a los judíos, tendría un carácter propio, repugnante para los pueblos de raza blanca. Nosotros pues analizaremos en forma total y plena el problema judío en sus tres aspectos, espiritual o religioso el primero, ético-cultural el segundo y finalmente económico-social y político. Los puntos de referencia nos los proveerán naturalmente los autores alemanes más especializados en tal tema y más característicos en razón del “mito” sostenido por ellos: pero nosotros buscaremos reasumir todo esto de la manera más impersonal posible, excluyendo todo elemento que no se deje remitir a un plano de pura doctrina.

¿Existe una concepción del mundo, de la vida y de lo “sagrado” específicamente semítica? Éste representa el tema fundamental. La palabra “semítico”, tal como todos saben, implica un concepto más vasto que el término “judío”, y es con una expresa intención que nosotros la usamos aquí. Nosotros en efecto creemos que el elemento judío no se puede separar netamente del tipo general de civilización que se ha difundido antiguamente en la totalidad de la cuenca oriental del Mediterráneo, desde el Asia, hasta el límite de Arabia: por más que notables puedan ser las diferencias entre los diferentes pueblos semitas. Sin un examen de conjunto del espíritu semita, varios aspectos esenciales del mismo espíritu judío en acción en los tiempos más recientes están destinados a escapársenos. Algunos autores, que han sido capaces de trascender un racismo puramente biológico y que se han puesto a considerar a la raza también en lo referente a tipos de civilización – por ejemplo Günther y más recientemente Clauss – han arribado aproximadamente a la misma perspectiva tratando en forma genérica aquello que han denominado como “cultura del alma levantina” (der vorderasiaischen Seele). Los pueblos que participan de tal alma son aproximadamente el equivalente a los pueblos semitas.

¿Qué elementos tenemos nosotros para poder considerar como inferior a la espiritualidad y a las formas religiosas que corresponden a los Semitas?

Aquí las ideas de los antisemitas no son para nada claras y concordantes. En efecto, para poder decir lo que tiene de negativo el espíritu semita, habría que comenzar definiendo lo que en vez se piensa como positivo en materia de espíritu. Los antisemitas se ocupan en vez, sumamente más de la polémica que de la afirmación y aquello en nombre de lo que niegan y condenan es, bajo tal respecto, muchas veces contradictorio e incierto. Así los unos se remiten al catolicismo (por ejemplo Móller van den Bruck), los otros al protestantismo nórdico (Chamberlain, Wolf), otros aún a un sospechoso paganismo (Rosenberg, Reventlow) o a ideales laico-nacionales (Ludendorff). La debilidad de tales posturas resulta ya del hecho de que todos estos puntos de referencia constituyen ideas históricas cronológicamente posteriores a las primeras civilizaciones semíticas y en parte influidas por elementos derivados de estas últimas: en vez de conducimos a un polo espiritual originario y verdaderamente en estado puro.

La oposición entre espíritu semita y espíritu ario se encuentra por supuesto en la base de todo antisemitismo. Pero para arribar a alguna cosa seria no nos podemos limitar a dar a “ario” un vago fundamento racista o bien un contenido meramente negativo y polémico que comprenda genéricamente a todo aquello que no es “judío”. Sería necesario en vez definir a la “arianidad” como una idea positiva y universal que se contraponga en materia de tipo de divinidad, de culto, de sentimiento religioso y de concepción del mundo a todo lo que se refiere a culturas semíticas y luego, de manera particular, a los Judíos. Habría pues que retomar sobre otro plano diferente del naturista que correspondió a los mismos, las ideas de los filólogos y de los historiadores del siglo pasado, y sobre todo de la escuela de Max Müller, acerca de una fundamental unidad de las civilizaciones, de las religiones, de los símbolos y de los mitos de las civilizaciones de origen indogermánico; habría que tratar de vincular tales ideas con lo que más recientemente Wirth, si bien muchas veces con graves confusiones, ha tratado de precisar en lo relativo a una  civilización primordial unitaria pre-nórdica (nosotros diríamos hiperbórea) como tronco originario de las diferentes civilizaciones indogermánicas más recientes; no olvidando finalmente las geniales intuiciones de Bachofen acerca del antagonismo entre civilizaciones “solares” (uránicas) y civilizaciones “lunares” (o telúricas), entre sociedades regidas por el principio viril y sociedades regidas por el principio femenino-materno (ginecocracia). Es evidente que aquí no podemos penetrar en una investigación por lo demás ya emprendida en otra de nuestras obras (Rebelión contra el mundo  moderno,  Ed.  Heracles, 1994). Nos limitaremos a reproducir sus conclusiones delineando el tipo de aquella espiritualidad

– a la que simultáneamente podemos denominar “aria” o “solar” o “viril” que, a través del procedimiento de antítesis, debe permitirnos arribar a aquello que es propio en verdad del espíritu semita.

Fue propia de los ârya (término sánscrito que designa a los “nobles” comprendidos como raza no sólo de la sangre, sino también del espíritu) una actitud afirmativa frente a lo divino. Detrás de sus símbolos mitológicos, recabados del cielo resplandeciente, se escondía el sentido de la “virilidad incorpórea de la luz” y de la “gloria solar”, es decir de una virilidad espiritual victoriosa: por lo cual aquellas razas no sólo creían en la existencia  real  de una  suprahumanidad,  de una estirpe hombres no-mortales y de héroes divinos, sino que muchas veces le atribuían a tal estirpe una superioridad y un poder irresistible con respecto a las mismas fuerzas sobrenaturales. En relación a ello, loa ârya tuvieron como ideal característico más el regio que el sacerdotal, más el guerrero de  la  afirmación  transfigurante  que  el  del  devoto  abandono, más del ethos que el del pathos. Originariamente, los reyes eran sacerdotes, en el sentido que se reconocía eminentemente a éstos y no a otros la posesión de aquella fuerza mística, a la cual se le vincula no sólo la “suerte” de su raza, sino también la eficacia de los ritos, concebidos como operaciones reales y subjetivas sobre las fuerzas sobrenaturales. Sobre esta base, la idea del regnum tenía un carácter sacral, así como también universal. De la enigmática concepción indo-aria del Çakravarti o “señor universal” pasando por la idea ario-iránica del reino universal de los “fieles” del “dios de luz” hasta arribar a los presupuestos “solares” de la romana aeternitas imperii y finalmente a la idea gibelina medieval del Sacrum Imperium, siempre se ha asomado en las civilizaciones arias o de tipo ario el impulso a proveer un cuerpo universal a la fuerza de lo alto respecto de la cual los ârya se sentían como sus eminentes portadores.

En segundo lugar, así como en vez del servilismo devoto y orante se tenía el rito, concebido, repitámoslo, como una seca operación que hace descender lo divino, de la misma manera también, más que a los Santos era a los Héroes que les eran abiertas, entre los árya, las sedes más altas y privilegiadas de la inmortalidad: el Walhalla nórdico, la Isla de los Bienaventurados dórico-aquea, el cielo de Indra entre los indo-germánicos en la India. La conquista de la inmortalidad o del saber conservó rasgos viriles; allí donde Adán, en el mito semita, es un maldecido, por haber intentado tomar del árbol divino, el mito ario en cambio nos representa, a través de epopeyas similares, un final victorioso e inmortalizador en la persona de héroes, como por ejemplo Jasón, Mitra, Siegurt. Si, más en lo alto aún del mundo heroico, el supremo ideal ario era el “olímpico” de esencias inmutables, realizadas, separadas del mundo inferior del devenir, luminosas en sí mismas, como el sol y las naturalezas siderales, los dioses semitas en cambio son esencialmente dioses que cambian, que tienen nacimiento y pasión, son los “dioses-año” que, del mismo modo que la vegetación, padecen la ley de la muerte y del renacimiento. El símbolo ario es solar, en el sentido de una pureza que es fuerza y de una fuerza que es pureza, de naturaleza radiante que -repitámoslo- tiene la luz en  sí,  en oposición con el símbolo lunar (femenino), que es el de una naturaleza que es luminosa tan sólo porque refleja y absorbe una luz que emana de un centro que cae afuera de ella. Finalmente, por lo que se refiere a los principios éticos correspondientes, son característicamente arios el principio de la libertad y de la personalidad por un lado, de la fidelidad y del honor por el otro. El Ario tiene el placer por la independencia y por la diferencia, tiene una repugnancia por todo tipo de promiscuidad; pero ello no le impide obedecer virilmente, de reconocer a un jefe, de tener el orgullo de servirlo según un lazo libremente establecido, guerrero, irreductible al interés, a todo lo que se puede vender y comprar y, en general, reducir a los valores del oro. Bhakti, decían los arios de la India; fides, decían los Romanos, fides se repetía en la Edad Media; Trust, Treue, serán las consignas del régimen feudal. Si en las mismas comunidades religiosas mithraicas el principio de la fraternidad se resentía sobre todo de una solidaridad viril de soldados comprometidos en una única empresa (miles era el nombre de un grado de la iniciación mitraica), ya los Arios de la antigua Persia hasta la época de Alejandro conocían la facultad-  de consagrar no solamente a las personas y a sus acciones, sino por sus mismos pensamientos, a sus Jefes, concebidos como seres trascendentes. No una violencia, sino al mismo tiempo una fidelidad espiritual -dharma y bakhti- fundaba entre los Arios de la india el mismo régimen de las castas en su jerarquía. El gesto grave y austero, carente de misticismo, desconfiado hacia cualquier abandono el alma, lo cual fue propio de las relaciones entre  el civis y el pater romano y sus divinidades, tiene los mismos rasgos del antiguo ritual dorio-aqueo y de la tenida “regia” y dominadora de los atharvan mazdeos. En su conjunto se trata de un clasicismo del dominio y de la acción, de un amor por la claridad, por la diferencia y por la personalidad, de un ideal “olímpico” de la divinidad junto a un ethos de la fidelidad y del honor, aquello que caracteriza al espíritu ario.

Con esto, si bien sumariamente, el punto fundamental de referencia se encuentra dado. Se trata de tener presentes los lineamientos de una síntesis ideal todo lo que la  realidad  que  nos  sirva como hilo conductor entre todo lo que la histórica y la situación de conjunto de las diferentes civilizaciones nos muestran en estado de mezcla: puesto que sería absurdo, para tiempos que no sean absolutamente primordiales, querer volver a hallar en algún lugar el elemento ario o el semítico en estado absolutamente puro.

¿Qué  es  lo  que  caracteriza  a  la  espiritualidad  de  las  culturas  semíticas.en  general?  La destrucción de la síntesis aria entre espiritualidad y virilidad. Entre los Semitas tenemos por un lado una afirmación  crudamente material y sensualista, o bien ruda y ferozmente guerrera (Asiria) del principio viril: por el otro, una espiritualidad desvirilizada en relación “lunar” y prevalecientemente sacerdotal con respecto a lo divino, el pathos de la culpa y de la expiación, todo un romanticismo impuro y desordenado y, al lado de ello, casi como una evasión, un contemplativismo de base naturalista-matemática.

Precisemos algún punto. También en la antigüedad más remota, mientras que los Arios (así como los mismos Egipcios, cuya primera civilización debe considerarse  como  de  origen “occidental”) tenían respecto de sus reyes el concepto de “pares de los dioses”, ya en Caldea en cambio el rey no valía sino como un vicario patêsi- de los dioses, concebidos como entes diferentes de él (Maspero ). Hay algo más característico aún para esta desviación semítica del nivel de una vestido como viril: la humillación anual de los reyes en Babilonia. El rey, vestido como un esclavo, confesaba sus culpas y solo cuando, golpeado por un sacerdote que representaba al dios, le brotaban las lágrimas de los ojos, era confirmado en su cargo y podía revestir las insignias reales. En realidad, así como el sentimiento de la “culpa” y del “pecado” (casi totalmente desconocido entre los Arios) es propio de  la naturaleza del Semita y se refleja de manera característica en el Antiguo Testamento, de la misma manera es también característico entre los pueblos semitas en general, estrechamente vinculado a tipos de civilización matriarcal (Pettazzoni) y en cambio extraño a las sociedades arias regidas por el principio paterno, el pathos de la “confesión de los pecados” y de su redención. Es ya el “complejo’ (en sentido psicoanalítico) de la “mala conciencia”, el cual usurpa el valor “religioso” y altera la calma pureza y la superioridad “olímpica” del ideal aristocrático ario.

En las civilizaciones semítico-siríacas y en la asiria es característico el predominio de divinidades femeninas, de diosas, lunares o telúricas, de la Vida, muchas veces dadas en los rasgos impuros de heteras. A su vez, los dioses, con los cuales ellas se acoplan como amantes, carecen totalmente de los rasgos sobrenaturales de las grandes divinidades arias de la luz y del día. Muchas veces se trata de naturalezas subordinadas, ante la imagen de la Mujer o Madre divina. Ellos o son dioses “en pasión” que sufren y que mueren y resurgen, o son divinidades feroces y guerreras, hipóstasis de la fuerza muscular y salvaje o de la virilidad fálica. En la antigua Caldea las ciencias sacerdotales, en especial las astronómicas, son el exponente justamente de un espíritu lunar-matemático, de un contemplativismo abstracto y en el fondo fatalista, escindido de cualquier interés por la afirmación heroica y sobrenatural de la personalidad. Un residuo de este componente del espíritu semita intelectualizado, actuará entre los mismos Judíos de épocas más recientes: desde un Maimónides y un Spinoza hasta los matemáticos modernos judíos (por ejemplo, Einstein y, entre nosotros, Levi-Civita y Enríques), nosotros hayamos una pasión característica por el pensamiento abstracto y por la ley natural dada en un ámbito de números sin vida. Y ésta, en el fondo, puede considerarse como la mejor parte de la antigua herencia semítica.

Por supuesto que aquí, para no aparecer unilaterales, deberíamos desarrollar consideraciones mucho más vastas de lo que nos consiente el espacio del que disponemos. Mencionaremos tan sólo que los elementos negativos aquí mencionados se pueden volver a encontrar, además que entre los Semitas, también en otras grandes civilizaciones originariamente  indogermánicas. Sin embargo en tales  civilizaciones, hasta en una cierta época, aparecen, en relación a un tipo diferente en que predomina la espiritualidad, como elementos secundarios y subordinados, los cuales casi siempre nos remiten a formas de decadencia y a influjos del substrato de ralas inferiores subyugadas o infiltradas. Es entre el VIII y el VI siglo a. C. que nosotros asistimos casi contemporáneamente en las más grandes civilizaciones antiguas a una especie de crisis o climaterium y a una insubordinación de aquellos elementos inferiores. Puede decirse que en Oriente -desde China hasta la India o Irán- tal crisis fue superada por una serie de pertinentes reacciones o de reformas (Lao-tze, Confucio, Buda, Zoroastro). En Occidente, el dique en cambio parece haberse roto, la oleada parece no haber encontrado aquí ningún obstáculo importante para su progresiva emergencia. En Egipto, es la  irrupción del culto popular  de Ísides y  de divinidades afines, con su desordenado misticismo popular, en contra del antiguo culto regio, viril y solar, de las primeras dinastías. En Grecia, es el ocaso de la civilización aqueo-dórica con sus ideales heroicos y olímpicos, es el advenimiento del pensamiento laico, antitradicional y naturista por un lado, del misticismo órfico y órfico-pitagórico por el otro. Pero el centro, a partir del cual el fermento de descomposición se ha sobre todo irradiado, parece estar constituido justamente por el grupo de los pueblos semitas mediterráneo-orientales y, finalmente, por el pueblo judío.

En lo referente a la civilización de este último pueblo, para ser objetivos, hay que distinguir dos períodos, que se diferencian de manera decisiva el uno del otro justamente en aquel momento histórico de crisis al cual hemos hecho mención. Si hay una acusación a hacerle positivamente a los Judíos, la misma consiste en no haber tenido verdaderamente como propia ninguna tradición, de deberle a otros pueblos, semitas o no semitas, sea los elementos positivos, como los otros, negativos, que los mismos supieron luego desarrollar en manera más particular. Así pues, si nosotros consideramos a la religión judaica más antigua, al antiguo culto filisteo de Jehová (los Filisteos, por otro lado, parece que fueron un pueblo no hebraico de conquistadores), a la estirpe de los reyes sacerdotes, a la cual pertenecieron Salomón y David, nos hallamos no pocas veces ante formas que  tienen caracteres de pureza y de grandeza. El presunto “formalismo” de los ritos en aquella religión tenía con gran probabilidad el mismo espíritu antisentimental, activo, determinativo, indicado por nosotros como característica del ritual viril ario primordial y también romano. La misma idea de un “pueblo elegido” llamado a dominar al mundo por mandato divino -aparte de sus ingenuas exageraciones y el discutible derecho de los Judíos a referirla a su raza- es, tal como hemos mencionado, una idea que se vuelve a encontrar en tradiciones arias, sobre todo entre los Iranios: así como entre los Iranios se vuelve a encontrar también, si bien con rasgos viriles y no pasivamente mesiánicos, el tipo del futuro “señor universal” Çaoshianc, Rey de reyes. Fue un punto de crisis, vinculado al derrumbe político del pueblo hebraico, lo que echó abajo estos elementos de espiritualidad positiva, que con gran probabilidad derivan menos del pueblo judío en sí mismo, que de los Amoritas, pueblo del cual algunos sostienen un origen nórdico y no-semita. El profetismo representa ya la descomposición de la antigua civilización hebraica y la vía de cualquier sucesiva decadencia. Al tipo del “vidente” -rôeh- se le sustituye justamente el del “profeta” -nabi del inspirado y obseso por Dios, tipo que precedentemente era considerado casi como un enfermo. El centro espiritual se desplaza sobre él y sobre sus Apocalipsis; ya no cae más sobre el rey sacerdotal que gobierna en nombre del “Dios de los Ejércitos”, Jehová Cebaot. Aquí la revuelta en contra del antiguo ritualismo sacral en nombre de una informe, romántica y. desordenada espiritualidad “interior” se asocia a un siempre creciente servilismo del hombre ante el Dios, a un siempre mayor placer por la autohumillación y por un siempre mayor menoscabo del principio heroico, hasta el rebajamiento del tipo del Mesías al del “expiador”, de la “víctima” predestinada sobre el trasfondo terrorífico de los Apocalipsis y, sobre otro plano, hasta aquel estilo de engaño y de hipocresía servil y, junto a ello, de engañosa y tenaz infiltración disgregante, que quedará como característico para el instinto hebraico en general. Escalando, a través de las formas primeras y precatólicas del Cristianismo, sobre el imperio romano, ya en su momento animado por toda clase de cultos espurios asiático-semitas, el espíritu hebraico se puso efectivamente a la cabeza de una gran insurrección del Oriente en contra del Occidente, de los Çudra en contra de los ârya, de la espiritualidad promiscua del Sur pelásgico y prehelénico en contra de la espiritualidad olímpica y uránica de razas superiores conquistadoras: choque de fuerzas que repite el que se verificara ya en un período más antiguo en la primera colonización del Mediterráneo.

Con lo cual se ha arribado a un punto que nos permite discernir aquello a lo cual, bajo tal aspecto, se reducen las razones de los antisemitas. Digamos enseguida que no hay casi ninguno que muestre la capacidad de elevarse hasta horizontes de tal tipo. El único que quizás lo logre es Alfred Rosenberg: el cual, sin embargo, en sus últimas actitudes, ha terminado perjudicando casi irreparablemente su postura con confusiones de todo tipo y sobre todo con ideologías de marca estrechamente iluminista y racista nacionalista. En el ámbito religioso resulta en verdad ingenuo pensar en justificar una aversión hacia la religión judía con una selección de pasajes bíblicos, de los cuales resultaría que el Dios hebraico es un “falso Dios”, un Dios “humanizado”, “susceptible de error”, “mutable”, “cruel”, “injusto”, “desleal” y así sucesivamente (es Fritsch quien se ha especializado sobre todo en tal j‘accuse) y en estigmatizar este o aquel episodio dudoso de la moral del “Antiguo Testamento” (Rosenberg llega a definir a la Biblia como “un conjunto de historietas para mercaderes de caballos y rufianes”). Por cierto, concordando con un judío -con Spinoza- podemos reconocer una prevaleciente corpulencia y materialidad en la imaginación mitológica judaica. Sin embargo, aparte de esto, habría que preguntarse si, cuando las religiones tuviesen que ser juzgadas en relación con elementos contingentes, las mismas mitologías de pura cepa nórdico-ario tendrían manera de salvarse. Puesto que los acusadores son alemanes, si nos remitimos a su misma mitología, ¿qué es lo que deberíamos entonces decir por ejemplo de la deslealtad de Odin-Wotan con respecto a los pactos establecidos con los “gigantes” reconstructores del Asgard y de la “moralidad” del rey Gunther que hace de Siegfried el conocido uso para lograr estuprar a Brunilda? No se puede descender a este plano de bajos expedientes polémicos. Y todo aquello que, sobre la base de lo ya dicho, se debe reconocer como negativo en la religiosidad hebraica, no nos debe llevar a desconocer que, aún tomados de otra parte, en el Antiguo Testamento se encuentran presentes elementos y símbolos de valor metafísico y, por lo tanto, universal.

Cuando Günther, Oldenberg y Clauss dicen que el espíritu semíticooriental tiene por característica “oscilar entre lo sensual y lo espiritual, la mezcla entre sacralidad y burdel”, la alegría por la carnalidad y simultáneamente por la mortificación de la carnalidad, la oposición entre espíritu y cuerpo (la cual se pretende de manera arbitraria que fue desconocida por los Arios), el placer por el poder sobre comunidades serviles, la insinuación desplazándose en forma resbaladiza sobre los sentimientos ajenos; cuando Wolf dice que del Oriente semítico brotaron todas las enfermedades de las cuales nosotros sufrimos, “del terreno pantanoso del caos étnico oriental han nacido el imperialismo y el mamonismo, la urbanización de los pueblos con la destrucción de la vida conyugal y familiar, la racionalización y la mecanización de la religión, la civilización sacerdotal momificada, el ideal absurdo de un Estado divino que abraza a la humanidad en su conjunto”, cuando los antisemitas nos dicen todo esto, nos ofrecen una ensalada rusa, en donde se encuentra también algo justo, pero entre confusiones de ideas sumamente singulares. Para darse cuenta de tales confusiones, bastará decir por ejemplo que para Wolf los griegos y los romanos no habrían tenido otro mérito distinto del de haber desarrollado “una floreciente civilización laica nacional”: de lo cual se ve cuan poco la antigua espiritualidad aria valga para este autor como punto de referencia. En lugar de tal espiritualidad él termina poniendo en vez al protestantismo, de modo tal que las verdaderas perspectivas se invierten: el triunfo del profetismo sobre la antigua religiosidad ritual hebraica parecen para Wolf un progreso en vez que una degeneración, justamente por su analogía con la revuelta luterana en contra del ritualismo y el principio de autoridad de la Iglesia. En cuanto luego a la acusación propia de casi todos los antisemitas y los racistas, en contra del ideal de un Estado sacro universal que ellos consideran como hebraico y deletéreo, debe observarse que si la civilización semita quizás se casó con tal ideal, ello no le resulta para nada como algo propio, ya que se lo reencuentra en el ciclo ascendente de cualquier gran civilización tradicional. El mismo en sí es tan poco hebraico, de modo tal de actuar como el alma del Medioevo Católico Germánico, del sueño de un Federico II y de un Dante. De acuerdo a tal ideología antisemita, por más extraño que ello nos parezca, Roma terminaría convirtiéndose como sinónimo de Jerusalén: la misma no sería tanto cristianismo como judaísmo y, al mismo tiempo, herencia del imperio pagano, el cual, a su vez, en su universalismo, ya sería hebraico o algo parecido (por lo demás, la expresión “Roma semítica” para referirse a la Roma imperial se remonta al mismo De Gobineau). ¿Qué habría en vez de antihebraico? Para Wolf, quien sigue de manera visible las huellas de Chamberlain, el cristianismo evangélico, es decir pre-católico, en su aspecto individualista, amorfamente creyente y antidogmático, que se remonta justamente al impuro fermento del profetismo judaico, es decir no sólo al judaísmo, sino incluso a su decadencia; luego, y justamente Lutero, es decir aquel que contra la “romanidad” de Roma -considerada por él como satánica- ha  esencialmente  revalorizado  al  Antiguo Testamento: por lo  tanto no se sabría hallar un antisemita ejemplo Rosenberg, justamente por verdad también que otros, como per arpara esto, no hesitaron en lanzar al mar también tal como hemos dicho, un caer de la sartén en las brasas: aquí se propone, anticatolicismo de tipo puramente laico, un desconocimiento pleno de todo aquello que en el catolicismo es supranaturalismo y rito, en el fondo, un racionalismo. ¡Y es justamente el racionalismo de los racistas lo que debe ser considerado como una criatura hebraica!

También Miller rechaza el derecho de considerar al protestantismo como un tipo de religión purificada del elemento semítico, y si acusa a su vez a la Iglesia de Roma, ello es a causa de los residuos hebraicos que ésta conserva (por ejemplo, el reconocimiento de que Israel fue el pueblo elegido preseleccionado por la revelación), además por el hecho de que la Iglesia, de un precedente rigorismo antihebraico, hoy habría gradualmente pasado a un régimen de tolerancia ante los Judíos. Son temas éstos, sumamente difundidos hoy en día en Alemania. Pero es  también difundida la idea de que Roma sería la heredera de un fariseísmo sacerdotal que, del mismo modo que el hebraico, aspiraría con cualquier medio al dominio universal. También en el famoso libro: Protocolos de los Sabios de Sión, sobre el cual habremos de volver, es dado como hebraico el ideal de un reino universal regido por una autoridad sagrada. Aquí una vez más se asocian y se confunden cosas que, sobre la base de los principios ya indicados, deberían ser en vez bien distinguidas. Si nadie quiere discutir la asiatización y por lo tanto la decadencia que padeció en la Roma antigua la idea imperial universal, ello no puede ser un argumento en contra de esta idea tomada en sí misma: ni un argumento es que el judaísmo, en una cierta medida se haya apropiado de ideales similares. Desde un punto de vista “ario” la Iglesia católica  en  tanto  posee  un  valor,  en cuanto ha sabido “romanizar” el cristianismo, retomando ideas jerárquicas, tradiciones, símbolos e instituciones que se remiten a un más vasto patrimonio, rectificando con Roma el elemento deletéreo estrechamente vinculado al mesianismo hebraico y al misticismo antiviril siríaco, propio de la revolución del cristianismo primitivo. Por cierto, aquel que piense a fondo, hallará más de un residuo no-ario en el conjunto del catolicismo. Sin embargo en los tiempos más recientes Roma queda como el único punto de referencia relativamente positivo para toda tendencia a la universalidad.

En relación a esto, deben fijarse dos puntos. Tal como veremos en los próximos escritos, existe hoy una idea universal hebraica que lucha en contra de los restos de las antiguas tradiciones europeas: pero esta idea debe ser denominada internacional más que universal, ella representa la inversión materialista y mamonista de aquello que pudo ser la antigua idea sacral de un regnum universal. En segundo lugar, el resorte escondido del antisemitismo nórdico se delata a través de su confusión entre universalismo en cuanto ideal supranacional con un universalismo que significa tan sólo aquel “fermento activo de cosmopolitismo y de descomposición nacional” que, según Mommsen, aún en el mismo mundo antiguo ha sido determinado sobre todo por el judaísmo. Queremos decir que aquello que el antisemitismo revela a tal respecto es un mero particularismo. Ahora bien, hay una curiosa contradicción en aquellos que por un lado acusan a los Judíos de tener un Dios nacional sólo para ellos, una moral y un sentimiento de solidaridad restringido a su rala; un principio de no- solidaridad para el resto del género humano, y así sucesivamente; y por el otro ellos mismos siguen justamente este “estilo” hebraico cuando polemizan en contra de aquel otro (presunto) aspecto del peligro semita, que sería el universalismo. Aquel que en efecto proclama la conocida fórmula Gegen Röm und gegen Judentum casi siempre obedece en esto a la forma más tosca, más particularista, más condicionada por la sangre (por ende por un elemento totalmente naturista) de nacionalismo hasta manifestar, en el intento por constituir incluso una Iglesia nacional tan sólo alemana – deutsch Volkskirche- el mismo espíritu de cisma del galicanismo, del anglicanismo y de análogas herejías que retoman, mutatis mutandis, el espíritu de exclusivismo y de monopolio de lo divino que fue propio justamente de Israel. Y a tal respecto es natural que se termine  en  una declarada antiromanidad, la cual equivale sin más a antiarianidad, a un pensamiento híbrido, sin nervios, sin claridad ni capacidad de amplios y libres horizontes. Y se note que en algunos el antiromanismo no se limita a la Iglesia católica, el mismo se conduce tan lejos que hace renegar también de los más grandes emperadores gibelinos de cepa germánica, ¡justamente en razón de su universalismo!  Embargo nos llevan ya al otro aspecto ético.

Estas consideraciones sin embargo nos llevan ya al otro aspecto ético y político del antisemitismo, el que será objeto de los escritos sucesivos. Así es tiempo de concluir brevemente este examen de las razones del antisemitismo sobre el plano religioso y espiritual. Dühring ha tenido ocasión de escribir que “una cuestión hebraica existiría aun cuando todos los Judíos hubiesen abandonado su religión para pasar al seno de nuestras iglesias dominantes”. Hay que extender esta idea hasta decir que, a tal respecto, se puede incluso prescindir de la referencia a la raza en sentido estricto, para hablar de un semitismo a nivel universal, es decir, de un semitismo en tanto actitud típica respecto del mundo espiritual. Esta actitud puede ser definida en abstracto y puede ser señalada también allí en  donde falte  en una civilización una clara y directa conexión étnica con las razas semíticas y con los Judíos. Allí donde es menoscabada la asunción heroica, triunfal, viril de lo divino y es exaltado el pathos de una actitud servil,  despersonalizadora, híbridamente mística y mesiánica con respecto al espíritu, allí retorna la originaria fuerza del semitismo, de la antiarianidad.

Semítico es el sentido de la “culpa” y también de la “expiación”  y  de  la autohumillación. Semítico es el resentimiento de los “siervos de Dios” que no toleran a ningún jefe y que quieren constituirse como una colectividad omnipotente (Nietzsche) con todas las consecuencias procedentes de tal idea antijerárquica, hasta su materialización moderna en forma de marxismo y de comunismo. Semítico es en fin aquel espíritu subterráneo de agitación oscura  e incesante, de íntima contaminación y de improvisa rebelión por el cual, según los antiguos, Tifón- Seth, la mítica serpiente enemiga del Dios solar egipcio, habría sido el padre de los Judíos, y fueron justamente Jerónimo y los Gnósticos quienes consideraron al Dios hebraico como una criatura “tifónica”.

Así hoy, a nivel espiritual, el fermento semítico de descomposición debe reconocerse sea en lo íntimo de las ideologías culminantes en la mística de una humanidad servil colectivizada bajo los signos de la internacional tanto blanca como roja,  sea  en  el “romanticismo” del alma moderna -reemergencia del “clima” mesiánico- en su activismo espiritualmente destructor, en su ímpetu desordenado, en su inquietud neurótica atravesada por las formas más impuras y sensualistas de “religión de la vida” o de evasión pseudo espiritualista. Para ser antisemitas hasta el fondo, no hay que recurrir a términos medios, a ideas determinadas ellas mismas por el mal en contra del cual se querría combatir. Hay que ser radicales. Hay que volver a evocar valores, que deben ser seriamente “arios”, y no sobre la base de conceptos vagos y unilaterales penetrados por una especie de materialismo biológico: valores de una espiritualidad solar y olímpica, de un clasicismo hecho de claridad y de fuerza dominada, de un amor nuevo por la diferencia y por la libre personalidad y, al mismo tiempo, por la jerarquía y por la universalidad que una estirpe nuevamente capaz de elevarse virilmente desde el “vivir” hasta el “más que vivir” puede crear enfrentada a un mundo quebrado, sin verdaderos principios y sin paz. Así, un punto real de referencia se lo tiene tan sólo remontándose a una antítesis ideal, libre del prejuicio étnico. El semitismo, a tal respecto, termina convirtiéndose en sinónimo de aquel elemento “ínfero” que toda gran civilización -incluso la hebraica en su antiquísima fase regia- ha subyugado en el momento de su realización como cosmos frente al caos. Aún sin referirnos al problema del verdadero origen unitario y prehistórico de la espiritualidad “solar” formativa y animadora del grupo de las civilizaciones indogermánicas, restringiéndonos al solo Occidente, en aquello que nosotros hemos ya mencionado, acerca del espíritu de la civilización del Mediterráneo oriental, acerca de la crisis padecida por el mismo pueblo de Israel -acerca de la conexión de las fuerzas activas en tal crisis con las que alteraron sea a la civilización egipcia, sea a la dórica, sea, finalmente, en un movimiento de conjunto, a la civilización romana- en todo esto nosotros hemos dado suficientes elementos para justificar la posibilidad de un “antisemitismo” carente de prejuicios y de espíritu partidista, en conexión con aquello  que  hoy debe  ser combatido en nombre de las tradiciones más luminosas de nuestro pasado y, al mismo tiempo, de un mejor futuro espiritual.

 

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