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El Filósofo está dentro
El Precio de la Integridad

speculum consciencie1,355 words

English original here

Temprano una tarde a fines de 1999, un amigo cercano estaba en un taxi cerca de su casa. Miró por la ventanilla del coche y observó a una anciana acostada sobre su espalda en su entrada para el auto, una angustiada y desesperanzada mirada en su cara. Dos perros ladrando estaban a su lado. Había una larga fila de tránsito antes y después de su auto. Pero parece que nadie más lo había notado.

Le dijo al conductor que estacione y corrió hacia la mujer. Él intento ayudarla a ponerse de pie pero ella se doblaba de dolor, así que la levantó y la llevó a su casa, seguido por sus perros. No pesara más que un niño. La sentó en su silla. Ella dijo que quería llamar a su hijo, así que le acercó su teléfono y la libreta de direcciones. Le preguntó si estaba en dolor, y ella dijo que no. “¿Estás segura?” “Si”. Cómo tenía un compromiso esa tarde y el tiempo apremiaba, se fue. “Gracias, gracias querido”, dijo ella, agregando, “Por favor cierra la puerta de adentro cuando te vayas”.

Él anotó su dirección, se subió a su auto y le contó los detalles al taxista. El chofer llamó a emergencias y pidió paramédicos. Un poco más adelante en la calle, ellos vieron un auto de policía. El conductor llamó la atención del policía y mi amigo le contó la situación y le dio la dirección. El policía se fue corriendo, y mi amigo continuó su camino.

De pronto, él se encontró con una punzada de horror: ¿Qué pasa si la puerta de adelante está trabada? ¿Qué pasa si los perros atacan a los paramédicos? ¿Debería haberse percatado de no dejar la puerta cerrada? ¿Enviar a los perros al cuarto? Intercambió números telefónicos con el chofer, y le pidió que regrese a observar la escena después de dejarlo, y le dio una generosa propina.

Luego, durante esa misma tarde, cuando me contó la historia, me encontré desconcertado por su reacción. Él claramente había hecho lo correcto. No hubiera sido beneficioso que se quedara con ella. Pero él no podía sentirse satisfecho por sus acciones, y se mantuvo preocupado, agitado, y reprochándose.

“¿Pero qué pasa con los perros y la puerta?” preguntó.

“No la dejaste desangrándose. No hacía frío, el chofer volvió a ver qué pasaba. Seguro la puerta estaba trabada. Cuando mi amigo se enteró, se agitó más.

Al día siguiente regresó a la casa. Había unas zapatillas tiradas en la puerta principal. El diario había sido levantado. Los perros ladraron cuando él tocó la puerta. Pero nadie respondió. Él concluyó que el accidente no pudo haber sido demasiado serio si había signos como estos alrededor de la casa. En un par de ocasiones, cuando él caminaba por allí, notaba señales de vida, pero nadie respondía cuando él tocaba.

Finalmente, el siguiente febrero, él pasó por la casa y vio la puerta entreabierta. Él golpeó y una mujer atractiva de edad media respondió. Era la nuera de la anciana. Cuando él se presentó, ella dijo “Así que tú eres el buen Samaritano. No sabíamos a quién agradecerle. Muchas gracias por ayudarla”.

La satisfacción de mi amigo, sin embargo, fue corta. Resultó que la anciana había muerto. Se había roto la cadera en tres lugares. Cuando la policía y los paramédicos llegaron, encontraron la puerta cerrada y los perros ladrando, y se rehusaron a entrar. Afortunadamente, sin embargo, la nuera vivía sólo a unas cuadras de distancia y llegó unos minutos después. Una vez que los perros estaban encerrados, la anciana fue llevada al hospital. Tuvo cirugía de cadera, pero posteriormente desarrolló una embolia pulmonar, estuvo tres semanas en el hospital mejorando gradualmente. Pero cuando se dio cuenta que no iba a poder vivir más por sus propios medios, ella simplemente se dejó ir. Ella tenía 85.

Después de oír esto, mi amigo regresó a su melancolía agitada y culposa. Entonces él me buscó.

El primer punto que intenté imponerle fue que hizo lo correcto al ayudar, y que él debía estar orgulloso de ello.

Luego intentamos determinar la causa de su conciencia culposa. Un factor fue que eventualmente la mujer murió. Pero no era razonable sentirse culpable por esto. Su edad, su fragilidad, y su fractura triple fueron las causas primarias de su muerte. Él no contribuyó a ninguna de estas causas, tampoco podía preverlas. El hecho es que tales caídas son frecuentemente el principio del fin de gente frágil, no importa que se haga por ellos.

“¿Pero qué hay con los perros y la puerta”?

Tuve que otorgarle que estos eran verdaderos descuidos. Otra persona con mayor presencia de mente pudo haberlas pensado. Pero le pregunté a mi amigo si él se hubiera quedado si la situación hubiera sido más aparente y de peligro inmediato. El afirmó que se hubiera quedado.

“Pero una de las razones por las cuales no pensé en la puerta y los perros era el hecho de que estaba preocupado por llegar a mi compromiso a tiempo”.

Después de unas preguntas, terminé aprendiendo que detrás de su objeción estaba el sentimiento de que era inmoral estar pensando sobre sus propios objetivos cuando alguien más estaba en tal necesidad. Pero, nuevamente, esto no era razonable. Todos los seres humanos tienen sus propios intereses y necesidades. No hay nada en malo en mantenerlos en mente cuando ayudan a otros –incluso nuestra capacidad mental es finita, e incluso hasta llegar a pensar sobre nuestros propios proyectos y pasar por alto algunas formas de ayudar a otros.

Si mi amigo hubiera dejado a la mujer desangrándose en el sofá porque quería llegar a tiempo para ver repeticiones de Buffy La Caza Vampiros, entonces él hubiera tenido una buena razón para sentirse una basura. Pero él dejó a una mujer en condiciones estables después de darle los medios para llamar por ayuda. Él mandó a la policía y a los paramédicos en su ayuda. Luego él se fue a encontrarse con otros que estaban contando con su presencia.

Él estaba de acuerdo que si su encuentro no hubiera sido tan necesario, o si no hubiera tenido plan alguno, se hubiera quedado a ayudar más. Pero como fue, él otorgó las formas más necesarias de asistencia, sin sacrificar sus propios intereses. No tenía nada de lo que avergonzarse.

Estaba de acuerdo conmigo, pero de alguna manera no había llegado a dirigirme a su fuente más profunda de culpa.

Así que comenzamos nuevamente. Después de extensa indagación, llegamos a la siguiente no muy satisfactoria explicación. La fuente de la culpa de mi amigo yace en la tensión entre su ateísmo y su absolutismo moral y su perfeccionismo.

Como absolutista moral, él cree que hay un bien y un mal objetivos basados en la naturaleza. Como perfeccionista, él cree que se encuentra obligado a tomar la mejor decisión posible en cada situación.

Cómo ateo, él simplemente no cree que “todo es para lo mejor”,  que “todo lo que es, está bien”, o cómo dicen los consumidores de cannabis “Todo está bien”. Los males del mundo son verdaderos males –no ilusorios, ni mitigados providencialmente. Así él no puede aceptar las imperfecciones del mundo. Él no puede simplemente decir, “Hágase su voluntad”. Él está obligado a controlar el mundo y perfeccionarlo.

Pero él no puede hacerlo. El mundo es más grande que nosotros. Hay realidades que siempre van a escapar a nuestro control. La muerte es la más aterradora de todas estas. Obligados a hacer lo imposible, mi amigo es culpable por su propia naturaleza. Es su versión secular del pecado original.

En Mere Christianity, C.S. Lewis explota este mismo problema para argumentar por la existencia de un Dios quién nos puede perdonar y permitirnos perdonarnos a nosotros mismos. Pero como ateo, mi amigo no tiene lugar al cual acudir para absolución supernatural.

Una vez que llegamos a esta explicación, le pregunté si él estaba dispuesto a dejar su absolutismo moral o su ateísmo. Él rechazó de hacer cualquiera de las dos: “Sólo un cobarde abandona sus convicciones para sentirse mejor”, dijo él.

“Entonces acepta tu culpa. Acéptala como el precio de tu integridad”.

 

 

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