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Hitler: Beyond Evil & Tyranny de R. H. S. Stolfi

Stolfibiography5,671 words

English original here

R. H. S. Stolfi
Hitler: Beyond Evil and Tyranny
Amherst, N.Y.: Prometheus Books, 2011

“Ningún hombre es héroe para su propio valet… pero no porque el primero no fuera un héroe, sino porque el segundo es un valet”. – G. W. F. Hegel 

“Cuando el Gobierno Ocupado por los Sionistas y todos sus hombres monos vengan a buscarme, me construiré una fortaleza con mis biografías de Hitler”.  – David E. Williams, “Wotan Rains on a Plutocrat Parade”

Adolf Hitler fue claramente el hombre del Siglo XX, cuya sombra crece más y más a medida que el sol del Este se hunde más y más. Tristemente, no hay biografía que valga la pena de Hitler.

Si los hombres grandiosos son aquellos que dejan su estampa en la historia, entonces Hitler era un gran hombre. Pero los grandes hombres presentan problemas para los biógrafos. Los grandes hombres no son necesariamente buenos hombres, e incluso los buenos hombres, cuando tienen poder político, encuentran a menudo necesario matar a gente inocente. La gente malvada no encuentra esto difícil, pero los hombres buenos sí. Entonces un hombre bueno, si tiene que ser un gran hombre, también debe ser un hombre duro. Pero es difícil para los biógrafos, quienes son hombres ordinarios, simpatizar con grandes hombres, especialmente hombres quienes son inusualmente malos o duros.

Pero los biógrafos deben, al menos intentar entrar imaginativamente a la mente de sus sujetos. ellos deben sentir sus sentimientos y pensar sus pensamientos. Deben sentir simpatía o empatía por sus sujetos. Tal simpatía no es una violación de la objetividad sino una herramienta de ella. Es necesario contra pesar la antipatía y el resentimiento que la dureza, crueldad, y grandeza a menudo inspiran. La simpatía es necesaria para que un biógrafo pueda descubrir y articular las virtudes e intelecto y carácter necesario para lograr cualquier cosa grande en este mundo, buena o mala.

Por supuesto, la posibilidad de uno de simpatizar con los grandes hombres depende en gran parte de los principios morales de uno. Un Nietzscheano o Darwinista Social, por ejemplo, encontraría más fácil simpatizar con una bestia humana que acecha que a un cristiano o un liberal-demócrata. Incluso así, es posible que los cristianos y liberales escriban biografías de grandes conquistadores como Alejandro el Grande, Julio Cesar, Mohamed, Genghis Khan, y Napoleón sin limpiarse a sí mismos en un paroxismo de denigración moralista auto-justificada de miles de páginas.

Hitler, por supuesto, provee un problema aún mayor para los biógrafos, porque su demonización es un sostén de la hegemonía judía contemporánea, y hay consecuencias para cualquier escritor que desafíe ese consenso.

Hitler: Beyond Evil and Tyranny de R. H. S. Stolfi, es uno de mis libros favoritos sobre Hitler.  No es una biografía de Hitler, aunque está organizada cronológicamente. Es, más bien, una especie de “meta-biografía”, un ensayo sobre la interpretación de la vida de Hitler. El proyecto de Stolfi tiene aspectos positivos y negativos: Stolfi crítica las existentes interpretaciones de la vida de Hitler como un todo y sobre episodios específicos de la ida de Hitler, y Stolfi avanza sus propias interpretaciones.

La crítica de Stolfi sobre las biografías se enfoca en el trabajo de lo que él llama los cuatro “grandes biógrafos”:  John Toland (Adolf Hitler: The Definitive Biography), Alan Bullock (Hitler: A Study in Tyranny), Joachim Fest (Hitler), and Ian Kershaw (Hitler: 1889-1936, Hubris and Hitler: 1936-1945, Nemesis). En Palabras de Stolfi, “La inclinación de los biógrafos de Hitler para el sarcasmo gratuito, el escepticismo entrenado, y la escritura desde alturas preconcebidas de antipatía ha dejado al mundo con un retrato peligrosamente impreciso de Hitler” (p. 54). (Juzgando por la recepción de los libros de David Irving: Hitler’s War y The War Path, el consenso existente en relación al retrato preciso de Hitler es más peligroso que uno impreciso). Cuatro ejemplos de este prejuicio son suficientes:

(1) Ian Kershaw afirma que, por fuera de la política, Hitler fue un “paria”, una nulidad, lo cual ignora completamente la lectura voraz de Hitler, su compromiso y entendimiento serio con filósofos como Schopenhauer, el amor por la pintura y el arte fino, conocimiento y habilidad arquitectónica notable, amor por la música clásica, incluyendo un profundo conocimiento de las óperas de Richard Wagner que impresionaron a la familia Wagner y a otros individuos altamente perceptivos.

(2) Los biógrafos de Hitler invariablemente denigran su origen común, humilde, viniendo como parodias de las peores formas de esnobismo social. Pero, por supuesto, los mismos autores lustrarían empapadamente y empalagosamente en describir a cualquier otro hombre en su surgimiento de la pobreza y la oscuridad hasta la fama y la fortuna. Como Jesse Owens, por ejemplo.

(3) Stolfi refuta a la mayor descabellada libertad de Joachim Fest de la siguiente forma: “Los grandes biógrafos todos desacreditan las teorías nazis de la diferencia racial, las cuales caracterizan como pseudocientíficas y basadas en un prejuicio sin redimir, sin embargo, uno de ellos, Fest, podía afirmar con confianza, sin ninguna posibilidad de compensación, que el sujeto de su biografía tenía ‘características físicas criminales” posadas en un “rostro psicopático” (p. 268).

(4) Los grandes biógrafos regularmente desprecian el servicio de Hitler como soldado en la Primera Guerra Mundial, sin embargo, como Stolfi señala, Hitler ganó la Cruz de Hierro de Primera Clase, y la Cruz de Hierro de Segunda Clase, una condecoración por valentía. Él fue herido seriamente dos veces. Hitler nunca habló mucho de lo que hizo para ganar esas condecoraciones, parcialmente por su reserva y modestia, pero también probablemente porque no deseaba revivir experiencias dolorosas. Pero incluso esto es retorcido por sus biógrafos para encantar calumnias sobre la bravura y carácter de Hitler. Stolfi marca que con ninguna otra figura histórica los biógrafos se sienten con derecho a tomarse tales libertades.

Kershaw es el más tendencioso de todos los grandes biógrafos, repetidamente caracterizando Hitler como un “paria”, una “nulidad”, una “mediocridad”, y un “fracaso”. Estos epítetos deben hacer sentir bien a Kershaw y a los lectores que piensan como él, pero si ellos fueran verdad, entonces la carrera de Hitler es completamente incomprensible. Stolfi es acerbo, ingenioso, y sin descanso en atravesar las grandes biografías – aunque algunos de sus lectores lo encontrarán agotador.

En adición a las fascinantes interpretaciones que ofrece sobre eventos particulares, Stolfi argumenta por tres predominantes tesis sobre Hitler:

(1) Hitler no puede ser entendido cómo político sino como profeta, específicamente un profeta forzado a tomar el rol de mesías.

(2) Hitler no puede ser entendido como un hombre malvado, sino como un hombre bueno que fue forzado por circunstancias y su lógica implacable y dureza sin emociones para hacer cosas terribles

(3) Hitler debe ser entendido como uno de los hombres más grandes de la historia, efectivamente como una figura histórica-mundial, que no puede ser comprendida en base a los conceptos morales convencionales.

Seguramente, ahora están pensando que el autor debe ser algún tipo de historiador de afuera, “desacreditado” y “marginal” como David Irving, o incluso un inimaginable “revisionista”. Así que, ¿quién es Russel Stolfi? Nacido en 1932, Stolfi es un historiador militar establecido. Él fue profesor en la US Naval Postgraduate School en Monterey, California y un Coronel en el Cuerpo de Reserva de Marines de los EEUU. Él es autor de otros tres libros: : German Panzers on the Offensive: Russian Front North Africa 1941-1942 (Schiffer Publishing, 2003), Hitler’s Panzers East: World War II Reinterpreted (University of Oklahoma, 1993), and NATO Under Attack: Why the Western Alliance Can Fight Outnumbered and Win in Central Europe Without Nuclear Weapons (with F. W. von Mellenthin, Duke University Press, 1983). Primero leí la biografía de Hitler en mayo de 2012, y estaba tan emocionado que traté de contactarlo para una entrevista, para enterarme que acababa de morir en abril.

¿Político o Profeta?

Adolf Hitler era un formidable organizador político que tomó poder sobre un minúsculo club de debate Bávaro y lo transformó en el partido político más grande de Alemania. Después de haber sido encarcelado por un abortado Putsch, Hitler decidió tomar el poder legalmente, a través de la política electoral. Para ese fin, él virtualmente creó la campaña política moderna, viajando incansablemente en auto y avión y perfectamente empleando los medios masivos de su época. Cuando él se volvió Canciller, Hitler probó ser un formidable estadista, transformando Alemania después de una revolución virtualmente sin pérdida de sangre y recuperando tierras alemanas y el orgullo alemán a través de una serie de hábiles medidas de política extranjera hasta que los británicos y los franceses empezaron una guerra para frenarlo.

Sin embargo, para todo eso, Stolfi argumenta que la personalidad de Hitler, sus objetivos, y su estrategia mayor eran iguales a las de un profeta religioso, específicamente un profeta armado como Muhammad.

Los políticos presuponen un sistema político y un clima de opinión común. Generalmente evitan debatir principios fundamentales y en su lugar tratan sobre diferencias esencialmente cuantitativas dentro del mismo continuum ideológico y político, por lo tanto, su habilidad de comprometerse y su susceptibilidad a la corrupción. Stolfi apunta una y otra vez que Hitler rechazaba ser tal político.

Hitler nunca comprometió sus principios básicos. Él tomó posiciones peligrosamente no populares (p.225). Él a menudo rehusaba suavizar el mensaje del partido para apelar a gente débil y enclenque. Él no era un demagogo: “Un demagogo dice a la audiencia lo que quiere escuchar. Un mesías le dice a su audiencia lo que él quiere escuchar” (p. 248). Hitler nunca se preocupó de que sus posturas radicales lo “desacreditarían” frente a los ojos del público, cuyas mentes estaban en su mayoría bajo las garras de su enemigo. En su lugar, Hitler estaba supremamente confiado en su habilidad para prestar crédito a sus ideas a través de la razón y la retórica. Él quería elevar la opinión pública hacia la verdad en vez de condescenderla para mimar a los ignorantes y tontos.

Hitler también se rehusaba a entrar en frentes comunes con partidos enemigos, especialmente con los Social Demócratas, incluso cuando tomaban posturas patrióticas.

Hitler era, además, profundamente incorruptible. Él rehusaba hacer promesas especiales a los hombres de negocios y otros grupos de intereses. Él les daba la plataforma del partido. Al final, se le ofreció la Cancillería simplemente porque sus oponentes sabían que no podía ser conformado con nada menos.

Los revolucionarios lidian con problemas fundamentales de principios, razón por la cual tratan de derribar sistemas existentes y comenzar otros nuevos. Hitler fue, por supuesto, un revolucionario político. Pero él era algo más. Él se vio a sí mismo como un exponente de toda una filosofía de vida, no sólo una filosofía política. Él puso a la política en una perspectiva histórica y biológica mayor: la lucha del Ario contra la Judería y sus fenotipos extendidos el Comunismo y el Capitalismo anglo-sajón. Él creía que la cuestión era global: nada menos que la supervivencia de toda la vida en la tierra estaba en peligro. Y habiendo sobrevivido milagrosamente los cuatro años de masacre y dos heridas serias en las trincheras de la Gran Guerra – incluyendo una experiencia que puede ser descripta sólo cómo sobrenatural (p. 95) – Hitler creía que él gozaba de una protección especial por la Providencia.

Hitler tuvo un gran número de modelos heroicos a seguir. De joven, él fue transportado por los mitos y sagas germánicos. Cómo adolecente, él se sintió identificado con el héroe de la obra de Wagner Rienzi, basada en la historia de Cola Di Rienzi, el dictador popular del siglo XIV que buscó restaurar la gloria imperial de Roma pero que fue desarmado por las traiciones de la aristocracia y la iglesia y finalmente asesinado.  Hitler profetizó que él se volvería tribuno del pueblo que subiría y caería como Rienzi, y así lo hizo. Hitler también se identificó con Sigfried y Lohengrin de Wagner. Aunque Hitler tenía poco uso para la Biblia, su carrera posterior como profeta armado trae a la mente los profetas y dadores de ley hebreos. La analogía de Stolfi entre Hitler y Muhammad es adecuada y reveladora.

Salvador de Alemania – Y Europa

Hitler, sin embargo, no se veía a sí mismo como una figura mesiánica, sino más como Juan el Bautista, preparando el camino para algo más grande que él. Pero, como Stolfi documenta, muchos de los seguidores cercanos de Hitler – todos ellos hombres inteligentes, desde místicos como Hess a cínicos consumados como Goebbels- así como también algunos de sus enemigos de mente más clara, vieron en él una figura mesiánica, y al final, él fue forzado a tomar ese rol. Leer a Stolfi hace que la tesis de Savitri Devi en The Lightning and the Sun de que Hitler era un avatar del dios Vishnu parezca menos excéntrico (Savitri no originó esa tesis. Era una postura que ella encontraba entre varios Hindues educados durante los 30’s). Había algo mesiánico sobre el aura de Hitler y sus acciones, y la gente alrededor del mundo lo entendió en términos de sus propias tradiciones culturales.

Stolfi no lo menciona, pero hay un sentido en el cual Hitler era el salvador de Alemania y de toda la Europa Occidental, aunque sus logros se quedan cortos en sus ambiciones, consumió su vida, y devastó su nación. Cuando Hitler lanzó la Operación Barbarossa en 1941, los soviéticos estaban listos y preparados para lanzar una invasión masiva a toda Europa Occidental y Central. Hitler previó esa invasión, aunque él falló en destruir a la URSS, el Tercer Reich fue destruido en su lugar, y Stalin conquistó la mitad de Europa, él resultado hubiera sido mucho peor si Stalin hubiera sido capaz de lanzar esta invasión. Stalin podría haber conquistado toda Europa. A lo mejor él podría haber sido expulsado después de una inimaginable devastación y derramamiento de sangre. Entonces, cada europeo occidental que ha vivido en libertad de miseria y terror desde 1941 le debe un agradecimiento a Adolf Hitler, el Pueblo Alemán, y sus aliados del eje.

(Vean este sitio web de Daniel Michaels,  “Exposing Stalin’s Plan to Conquer Europe” y la reseña de National Vanguard  de Icebreaker de Viktor Suvorov, para una literatura más reciente sobre este sujeto, vean la afirmación definitiva de la investigación de Viktor Suvorov publicada como The Chief Culprit: Stalin’s Grand Design to Start World War II [Annapolis, Md.: Naval Institute Press, 2008] y de Joachim Hoffmann, Stalin’s War of Extermination, 1941-1945: Planning, Realization and Documentation [Capshaw, Al.: Theses and Dissertations Press, 2001].)

La cuestión del Mal

En el clima de putrefacción y relativismo moral del hoy, Adolf Hitler es probablemente el único humano que incluso los liberales denunciarían cómo malvado. Hitler es la encarnación y paradigma del mal en el mundo moderno. Pero, por supuesto, otros individuos pueden ser malos si son “como Hitler”. Entonces la tesis más radical del libro de Stolfi es que Hitler no era malo.

Hay muchas dimensiones de este argumento.

(1) Stolfi señala que no hay evidencia de que Hitler tuviera características de psicópata o sociópata durante su niñez. No torturó animales o robó, por ejemplo. Él era educado, serio, y reservado.

(2) También señala que Hitler no se encontraba principalmente motivado por el odio o el resentimiento. Él llegó a la conclusión de que sus dos grandes enemigos, es decir, la judería y el bolchevismo, estaban basados en su experiencia personal, los eventos de su época, e investigación exhaustiva. Pero cuando él estuvo racionalmente convencido de su enormidad, él naturalmente los odio con una magnitud e intensidad apropiadas. Como Stolfi escribe, “es difícil imaginarse un Hitler como un mesías o como no odiando al enemigo. ¿Acaso Jesús o Muhammad el Profeta odiaron a Satan o meramente lo desaprobaban?” (p. 233).

(3) Llamar a Hitler malvado, llamarlo ‘loco’, es mentalmente vago, porque nos evita tratar de entender las razones de las acciones de Hitler: tanto su proceso mental y los eventos objetivos que lo llevaron a actuar. Hitler tenía sus razones.

(4) Stolfi argumenta que los objetivos, acciones, y personalidad de Hitler no eran malvadas. Hitler hizo lo que pensó que estaba bien, y él era lo suficientemente duro para derramar océanos de sangre si creía que era necesario para avanzar el bien común. Un socrático, por supuesto, afirmaría que es una afirmación vacía, ya que nadie hace el mal como tal, y lo hace sólo bajo el disfraz de ser percibido como bien. El acto malo está en su resultado, no en su motivo. Todos “tenemos buenas intenciones”.

(5) Stolfi da a entender que Hitler habría estado, en cierto sentido, más allá del bien y el mal, porque su objetivo no era nada más y nada menos que la creación de un orden nuevo, incluyendo un nuevo orden moral, y se plantea la pregunta de someter a la búsqueda de los hombres a las leyes morales que tratan de derrocar. Esto nos apunta de nuevo a la tesis de Stolfi de que Hitler ha sido más una figura religiosa que política y hacia el final de su tercer mayor tesis, que Hitler era un individuo histórico-mundial.

Stolfi aquí lidia con un numero de episodios en la vida de Hitler que le fueron aducidos como evidencia del mal. Stolfi argumenta que algunos de estos actos no son para nada malvados.

Y él afirma que sus actos no fueron más malvados que los de otros grandes hombres en la historia quienes, sin embargo, lograron recibir tratamiento respetable por parte de biógrafos. Finalmente, Stolfi argumenta que estos actos, incluso los malvados, no necesariamente hacen de Hitler una persona mala, puesto que los buenos hombres pueden cometer actos horribles si creen que son necesarios para promover el bien común.

(1) Stolfi argumenta que el golpe de Hitler y otras violaciones de las leyes de la República de Weimar se encuentran algo ablandadas por el hecho de que él creía que la República de Weimar era ilegítima y un régimen criminal. Los primeros intentos de desafiarla y reemplazarla no son, por lo tanto, “malvadas”, a menos que todos los actos de desobediencia y revolución contra los gobiernos como tal son malvados. En cualquier caso, después de su liberación de prisión, Hitler adoptó la política de legalidad estricta: el persiguió la Cancillería a través de las políticas electorales, y ganó.

(2) Stolfi argumenta que la creación de las SA no estuvo motivada por el deseo de intimidar violentamente a los oponentes políticos y tomar el poder. En su lugar, las SA fueron formadas en defensa propia contra los esfuerzos de los comunistas organizados en intimidar violentamente a los oponentes políticos y tomar el poder, la violencia ha efectivamente suprimido la habilidad de todos los partidos de derecha de asamblea. Las SA no sólo se aseguraban que el NSDAP tenga libertad de asamblea y organización, rompió con el terror rojo y restauró la libertad política a todos los partidos.

(3) Stolfi argumenta que la purga de Röhm era necesaria porque había amplia evidencia que Röhm estaba intentando un golpe, verdadero o no, Hindenburg, los líderes del ejército y los lugartenientes superiores de Hitler, todos, creían que era verdad. Hindenburg amenazó con declarar ley marcial y hacer que el ejército lidie con Röhm en caso de que Hitler no pudiera. Hitler tenía que actuar, porque si no lo hacía, él baría sido efectivamente depuesto: él abdicaría la función soberana y elegiría actuar por el bien del pueblo y por Hindenburg y el ejército. Incluso así, Hitler retrasó esto lo máximo posible.

Stolfi afirma que la muerte de Röhm fue una especie de apoteosis para Hitler. “En junio de 1943, Hitler se preparó para pasar más allá de la amistad con cualquier hombre y entrar en el reino de la soledad, de un líder distante. Pero Hitler nunca podría pasar a ese reino con Röhm vivo y como recordatorio de la mortalidad histórica del propio Hitler. Röhm tenía que morir, y Hitler tenía que matarlo” (p. 306). Pero este no era, por supuesto, el motivo de Hitler para matarlo.

Finalmente, Stolfi juzga la muerte de Röhm como una necesidad política y moral mente justificable. Él no lo describe como algo tranquilo y premeditado sino como un “crimen de pasión” de un hombre enfrentado con la traición de un jurado confidente (p. 309). Por supuesto, la purga de Röhm fue la ocasión de arreglar unas deudas viejas, lo cual complica la descripción moral de Stolfi considerablemente.

(4) Stolfi evidentemente piensa que no había nada malo en la asunción de Hitler a poderes dictatoriales –a través de la constitución de Weimar – o su supresión de los movimientos políticos implacables y destructivos como el Marxismo. Stolfi también festeja la relativamente seca en sangre derramada que fue la revolución legal de Hitler.

(5) Para los campos de concentración en los cuales Hitler puso al os líderes de los partidos marxistas y otros grupos subversivos: en 1935, cuando la población alemana se encontraba en los 65 millones, los presos en los campos de concentración eran 3500, la mayoría de ellos comunistas y social demócratas. El sistema de campos y su mandato fue expandido para recibir bajo custodia a personas por ser problemas sociales, incluyendo pordioseros, borrachos, homosexuales (la homosexualidad fue criminalizada durante el Segundo Reich, manteniéndose criminalizada bajo la república de Weimar, y era criminalizada en las democracias liberales también), gitanos, y los criminales habituales – para 1939 había alrededor de 10 campos con 25000 presos en un país de 80 millones de personas. Esto no parece tan malo como se pensó. Además, Himmler y Heydrich ciertamente no carecían de interés persecutorio y capacidades organizativas, podemos concluir que el sistema de campos era exactamente grande cómo se pensó que debería ser.

Para poner en contexto, de acuerdo a la Wikipedia –dónde las estadísticas sobre las atrocidades soviéticas suelen ser bajas debido a las políticas marxistas- en marzo de 1940, el gulag soviético, comprendido por 53 campos y 423 colonias de trabajo en los cuales aproximadamente 1.3 millones de personas estaban internadas, de una población de 170 millones. Cualquiera que sea el verdadero tamaño, era tan grande como Stalin quería que fuera.

Aunque no he podido encontrar registros de similares formas de internamiento en las democracias liberales para los disidentes políticos y las molestas sociales, estas tomaron lugar. Pero incluso en ausencia de esos números, me parece claro que los campos de Hitler eran más similares a las prisiones de las democracias liberales que al gulag soviético a los cuales son siempre enlazados.

Por supuesto, estos eran números en tiempos de paz. Bajo las exigencias de la guerra, el sistema de campos necesitó expandirse dramáticamente para albergar a las poblaciones hostiles, prisioneros de guerra, y trabajadores conscriptos, lo que es otra cosa.

(6) El antisemitismo de Hitler es a menudo utilizado como evidencia de maldad. Hitler mismo pensó que ciertas formas de antisemitismo eran repugnantes y malvadas: el antisemitismo religioso, el antisemitismo basado en el resentimiento, el chivo expiatorio populista, etc. Su repugnancia para tal fenómeno le sirvió de prejuicio contra el antisemitismo como tal. Pero su experiencia personal en Viena, combinado con una lectura seria eventualmente lo llevó a un antisemitismo sin pasión, científicamente basado, e históricamente informado.

Cuando Hitler tomó el poder, Alemania tenía una población relativamente pequeña judía. Su política básica era prevenir mayor mezcla, remover a los judíos de posiciones de poder e influencia, y promover que los judíos pudieran emigrar. Para el momento de la guerra polaca, la población judía germana había sido dramáticamente reducida. Debido a las ganancias de la guerra de Hitler, millones de judíos cayeron bajo su poder. Stolfi es algo reservado en enjuiciar a Hitler sobre las políticas judías durante tiempo de paz. Pero podemos decir con seguridad que no era más malvado que, por ejemplo, el tratamiento británico de los no combatientes Boer o el trato de los estadounidenses a los indios.

(7) En relación a la política exterior de Hitler como Canciller, incluyendo el rearmamiento, la salida de las Liga de las Naciones, la remitlitarización del Rhineland, y la anexión de los Sudetes y Austria, la anexación de Bohemia, y la guerra con Polonia, Stolfi escribe, cada crisis internacional que involucró a Hitler en los 30’s provenía de una iniquidad por parte de los Aliados y la Conferencia de Paz de Paris de 1919” (p. 316). De acuerdo con Stolfi, en todas estas crisis, la moralidad estaba del lado de Hitler, y él apoya a Hitler por conducirlos con refrenos y relativamente poco derramamiento de sangre – al menos hasta la Guerra Polaca.

Estas fueron duras y salvajes provocaciones morales que no podía perdurar por parte de la propaganda Aliada para justificar el comienzo de la Segunda Guerra Mundial por parte Gran Bretaña y Francia porque Hitler, habiendo agotado las posibilidades diplomáticas, comenzó una guerra con Polonia para recuperar territorio germano y personas sujetas a la horrible opresión polaca. Los británicos y los franceses simplemente no podían aceptarlo, en palabras de Stolfi, “una personalidad histórico-mundial tenía que marchar, furioso, saliendo del desierto fragmentado de los terrenos Flandeses, y los previos Aliados no tenían la superioridad moral para esconderse de él” (p. 317).

(8) Stolfi interpreta la Operación Barbarossa contra la URSS como una guerra colonial de conquista cómo también una cruzada para liberar a Europa de la plaga del Bolchevismo. Desde una perspectiva etnonacionalista, por supuesto, el objetivo de Hitler de reducir a los eslavos como colonia es malvado. Además, era más malvado que el resto del imperialismo europeo dirigido a pueblos no-europeos, porque siempre es peor tratar a la sangre propia peor que a la ajena. Pero no era ciertamente el único malvado en la historia de la humanidad. Si Genghis Khan y Timur pueden ser sujetos de análisis históricos objetivos, entonces, Barbarossa no descalifica a Hitler.

Stolfi no trata a la Operación Barbarossa como una guerra necesaria para preveer la planeada invasión de Stalin. Quería preguntarle a Stolfi que pensaba sobre la tesis defendida por Viktor Suvorov y Joachim Hoffmann en una entrevista, pero eso no va a ser posible. Si están en lo correcto, por supuesto, no hubo maldad alguna en lanzar la Operación Barbarossa, aunque uno puede criticar el exceso de su ejecución.

(9) De acuerdo con Stolfi, las acciones más oscuras de Hitler son la masacre de 3.1 millones de Prisioneros de Guerra soviéticos capturados los primeros meses de la operación y el asesinato de 4.5 millones de judíos (Holocausto). Stolfi es ciertamente un revisionista de Hitler, pero no sé si es un revisionista del Holocausto o no, debido a que no estoy seguro la legalidad de pensar que “tan sólo” 4.5 millones de judíos fueron asesinados por el Tercer Reich. No he jamás escuchado lo de 3 millones de presos soviéticos asesinados, que Stolfi menciona al pasar algunas veces. Por supuesto he escuchado sobre el Holocausto, al cual Stolfi le dedica 2 párrafos del libro (pp. 461-62). Tal breve trato puede considerarse en sí mismo revisionismo, al menos en Francia, donde Le Pen fue multado por decir que el Holocausto fue sólo una nota a pie de página del a Segunda Guerra Mundial. Debido a que algunas notas de pie son más grandes que los párrafos en cuestión. Stolfi puede estar en problemas en la tierra de la liberté. El trato de Stolfi, sin embargo, es una bienvenida corrección a la tendencia judía de tratar la Segunda Guerra Mundial cómo la mera antesala de Holocausto.

Por supuesto, Hitler es el paradigma de un hombre malo de nuestros tiempos, el Holocausto es el paradigma de un evento malvado. Stolfi no discute que la masacre de 7.6 millones de personas es maligna. Pero él no piensa que es el único mal durante la Segunda Guerra Mundial o los anales de la historia en general. Wiston Churchill, por ejemplo, fue responsable de la muerte a través de la hambruna de cientos de miles de indios a los cuales se les arrebató la comida para el esfuerzo bélico. Él fue responsable del bombardeo asesino de cientos de miles alemanes en ciudades no-combatientes alemanas con ningún valor estratégico. Él fue responsable de la expulsión de 14 millones de alemanes de sus hogares en Europa Central y Europa del Este, casi 2 millones de ellos murieron. ¿Fue Churchill Malvado? Sus apologistas, por supuesto, argumentarán que sus acciones fueron exigencias necesarias de la guerra y la búsqueda de un bien superior. Pero los apologistas de Hitler, si es que hubiera alguno, podrían argumentar lo mismo y cerrar el tema. Si Churchill, Lenin, Trotsky, Stalin, Mao, Pol Pot, Julius Cesar, y otros miembros del Club de Asesinos de Millones pueden recibir un trato justo en las biografías entonces, ¿por qué no Hitler?

Stolfi compara el Holocausto a la conquista de 10 años de las Galias por Cesar, en las cuales mató más de un millón de hombres armados y redujo a otro millón a la esclavitud.  Un millón de civiles no-combatientes también fueron asesinados o reducidos a la esclavitud. Algunas tribus particularmente problemáticas fueron enteramente exterminadas porque eran “irreconciliables, amenazantes, e inútiles cómo esclavos o aliados” (p. 38). Stolfi señala, sin embargo, que los actos de Cesar “revelaron dureza de una proporción casi increíble”, pero sus actos estuvieron basados “en la realidad y en la prudencia frente a un peligro percibido – poco sadismo y crueldad” (p. 38).  Sin embargo, Stolfi argumenta que “Hitler tomó acciones de masacres sin fondo cómo actos límites frente a percibidos enemigos irreconciliables” y sus acciones “no mostraron cosa alguna que pueda ser interpretada como sadismo, crueldad, u odio en oposición a furia temporal al llevar a cabo la acción” (p. 39).

Las masacres de Hitler, por más terribles que sean, no prueban que haya sido un hombre malvado, debido a que incluso los hombres buenos pueden recurrir a tales medidas en la más directa extremidad. Sin embargo, incluso si ellas fueran expresiones de maldad, no serían expresiones únicas de maldad única sino algo común en los anales de la historia. Pero, nuevamente, sólo en el caso de Hitler son tratadas cómo objeciones insuperables para el serio tratamiento histórico.

En suma, Stolfi argumenta que Hitler no puede ser visto como malvado si eso significa que él estaba motivado por el sadismo, la psicopatía, el odio, o una necesidad neurótica de poder y atención. En su lugar, Hitler estaba motivado, primero y antes que nada, por el amor a su pueblo, detrás de él estaban preocupaciones más amplias pero menos importantes con el resto de la raza aria, la civilización europea, y el bienestar del mundo cómo un todo. Debido a que Hitler creía que las cosas que él amaba estaban en peligro por la judería, el bolchevismo, y el capitalismo anglo-sajón, él los combatió. Y cuando la pelea se volvió una conflagración mundial, él combatió con dureza y severidad. Pero su carácter decente y objetivos positivos se mantuvieron sin cambio. Así que para Stolfi, Hitler era un hombre bueno que hizo tanto cosas buenas como malas –un hombre bueno que tomó muchas decisiones buenas y errores catastróficos.

Una Oscura Personalidad Histórica Mundial

Pero hay en Stolfi un sentido en el cual piensa que Hitler está más allá del as categorías del bien y el mal, al menos en tanto a los historiadores les concierne. Stolfi argumenta que Hitler era un gran hombre, cómo tal grandes conquistadores como Alejandro Magno, Julius Cesar, Mohammed, y Napoleón. (Stolfi hace poca mención de los profetas desarmados como Buddha o Jesús). De acuerdo a Stolfi, si uno fuera a congelar la vida de Hitler al final de 1942, él hubiera sido considerado uno de los estadistas y conquistadores más grandes de la historia. Incluso si uno ejecuta el film hasta el final, Stolfi argumenta que los Aliados no ganaron tanto la Segunda Guerra Mundial como Hitler la perdió, lo cual en sí mismo disminuye su grandeza y sus oponentes relativamente nulos.

Efectivamente, Stolfi argumenta que Hitler era más que un gran hombre, era uno de los “individuos histórico-mundiales” de Hegel, los cuales inauguran una nueva etapa en la historia del hombre y no pueden ser juzgados o comprendidos por los estándares de la etapa previa. Stolfi, al parecer, se desapega de este concepto y la visión general de Hegel de que ellos avanzan la historia hacia un fin de libertad universal, un objetivo que Hitler rechazó en favor del particularismo de la raza y la nación. Tristemente, Hitler puede haber avanzado la agenda universalista a través de la derrota, pero no a través de sus intenciones.

Pero, cómo otra figura profética dijo de la Segunda Guerra Mundial, “la guerra no está terminada en tanto a mí me concierne”, esto quiere decir que la historia aún se está desplegando, incluyendo las consecuencias de las acciones de Hitler. Así que aún queda por ver si Hitler contribuirá a la victoria o derrota del universalismo. Si el nacionalismo racial – del cual Hitler es una parte inexpugnable- derrota la tendencia hacia una sociedad global homogénea, entonces Hitler habrá sido una figura histórica mundial de un orden enteramente nuevo: no un agente del ‘progreso’, sino su terminador; el hombre que terminó con el “fin de la historia” y empezó un nuevo mundo; el hombre que tomó el progreso lineal ascendente y lo inscribió dentro de una visión cíclica de la historia, ya sea interpretada en la variante Tradicionalista o en el sentido Spengleriano.

***

Hitler: Beyond Evil and Tyranny es un libro remarcable que recomiendo a todos mis lectores. Su proyecto audaz es ejecutado con claridad y humor seco. Algunas veces Stolfi parece irse demasiado, pero quizás son sus habilidades dialécticas. Por ejemplo, él defiende a Hitler como pintor. Él hace un trabajo sorprende, pero eso no quita que desde mi perspectiva Wiston Churchill era superior cómo pintor que Hitler, y tan sólo superior en esto.

Este libro incluso es muy importante porque es el trabajo de un historiador militar mainstream. Esperemos que limpie el camino para otros estudios históricos genuinos sobre Hitler y el Tercer Reich. Este es realmente un desarrollo inevitable a medida que las generaciones que vivieron la guerra mueran. Además, ahora estamos viviendo en un mundo multipolar con nuevos poderes emergentes –China, India- que están libres de la hegemonía política y cultural judía, y hambrientos de un verdadero entendimiento de Hitler y la Segunda Guerra Mundial.

El Nacionalismo blanco, por supuesto, aún sería buen amigo de Hitler si cada descripción tiránica y monstruosa que sus enemigos dicen fuera verdad. Pero los Nacionalistas Blancos aún recibirían bien el libro de Stolfi porque reduce la nube de denigración y moral histérica que rodea a Hitler y baja los impedimentos que tenemos que saltear. Stolfi toma la patraña de la inevitable acusación de que somos “cómo Hitler”- la cual, resulta, un cumplido inmerecido.

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