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La Tercera Teoría Política

roots4,285 words

English original here

“Marcharemos para luchar por la Santa Rusia /
Y derramaremos nuestra sangre como un solo hombre por ella”
— Canción del Ejército Blanco.

La “Tercera Teoría Política” (3ªTP) es lo que Alexander Dugin, en “The Fourth Political Theory” (2012), llama Fascismo y Nacionalsocialismo [1].

Según Dugin, la Alemania nacionalsocialista y la Italia fascista no fueron derrotadas sólo militarmente sino también ideológicamente en la Segunda Guerra Civil Europea (1939-1945), víctimas de “homicidio”, o quizá de “suicidio”. A partir de entonces, estas dos ideologías nacionales anti-liberales supuestamente “superadas por la Historia” dejaron de abordar los grandes desafíos que enfrenta el hombre europeo. Luego, con la caída del comunismo en 1989-1991, colapsó la segunda más importante “teoría” anti-liberal opuesta a las fuerzas judeo-financieras del liberalismo anglo-estadounidense. La lucha anti-liberal actual, concluye Dugin, requiere de una ideología que no haya “sido destruida y desaparecida de la faz de la Tierra”.

No hay nada en la Cuarta Teoría Política que complazca probablemente al “co-rectorado” (lo que es, quizá, una razón para estudiarla). Sin embargo, el esfuerzo de Dugin para desarrollar una nueva y persuasiva “teoría” adecuada a la resistencia global contra el sistema debe ser juzgado (no seré el primero en decirlo) como un “fracaso”, un fracaso interesante, es cierto, pero uno que también constituye una posible trampa para la oposición anti-sistema, especialmente en su engañoso tratamiento de la Tercera Teoría Política y sus implicaciones para la resistencia anti-sistema.

A principios de 1992, no mucho después del colapso soviético, Alain de Benoist, el líder de la “Nueva Derecha” francesa con sede en París (quien estaba recién descubriendo el factor ruso), fue invitado por Alexander Dugin para reunirse en Moscú. Aun cuando ciertos elementos dentro del “Co-rectorado” inmediatamente levantaron el espectro de una “alianza rojo-morena” [2] (que aparentemente causó que Benoist mantuviera la distancia), y a pesar de que pequeñas diferencias continuaron dividiéndolos, Dugin fue finalmente aceptado como un espíritu afín, anti-liberal, que comparte, como lo hace, el tradicionalismo de la Nueva Derecha (Évola), la teología política (Schmitt), la ontología heideggeriana, el anti-norteamericanismo y la geopolítica telurocráctica (Haushofer). En años recientes, sus diferencias parecen haber privilegiado todo lo que tienen en común sus proyectos estrechamente relacionados.

Dugin desde entonces se ha convertido en un destacado referente en la constelación Nacional-Revolucionaria, compartiendo el cielo con Benoist. Este protagonismo es completamente merecido, puesto que el talentoso Dugin (algo así como un think tank de un solo hombre) es versado en todos los principales idiomas europeos, erudito en la herencia anti-liberal y esotérica que el Nacional-Revolucionismo (NR) rescató del agujero de la memoria de la post-guerra, y, sobre todo, un inflexible y metapolíticamente prolífico oponente de Estados Unidos, “la ciudadela del liberalismo mundial”, y por lo tanto la principal fuente del mal en nuestro tiempo.

La exacta naturaleza del proyecto de Dugin (que abarca diversos elementos compartidos por la oposición anti-sistema de Europa), sin embargo, nunca ha estado del todo clara cuando es vista desde lejos. Esto parece deberse menos a las muchas malas traducciones de sus primeros artículos, o a las numerosas interpretaciones divergentes que se pueden encontrar de su obra, que a un notable itinerario político (posible sólo en la última nación Blanca soberana en la Tierra) que lo llevó desde los márgenes políticos a las alturas del poder, un itinerario que comenzó con su pertenencia al ultra-nacionalista y anti-judío Partido Pamyet a finales de los años ’80, seguido por el post-soviético Partido Comunista de Gennady Ziuganov, luego en el Partido Nacional Bolchevique y ciertas otras formaciones Eurasianistas, después en el bloque ortodoxo-monarquista Rodina y, durante la última década, y después de alcanzar notoriedad nacional como un “intelectual público”, como un asesor ocasional de Vladimir Putin y de la Duma rusa.

Estas formaciones y capacidades, cada una respetable, juntas plantean ciertas preguntas obvias acerca de la naturaleza de un proyecto político que abarca un espectro tan amplio de creencias y realiza una mezcla ecléctica de ideas aparentemente incompatibles (tradicionalismo evoliano, pensamiento NR [de suyo una mezcolanza de ideas divergentes] y Eurasianismo, entre otras) en una cosmovisión apropiada para el Estado ruso post-soviético.

La publicación (The Fourth Political Theory) bien traducida y editada por Arktos es precisamente un evento editorial porque le da al mundo anglófono su primera exposición en forma de libro del pensamiento de Dugin, y con ello una visión más clara de su proyecto NR.

Aunque sigue siendo difícil de encasillar, me he vuelto cada vez más crítico de Dugin a lo largo de los años, sobre todo a causa de su Eurasianismo, que no es un nacional-bolchevismo en el sentido alemán de la palabra (de aliar a Rusia y Europa, y por lo tanto superando las diferencias narcisistas que dividen a los greco-eslavos orientales de los romano-germánicos occidentales), sino más bien algo así como una potencial ideología estatal integradora de los judíos, musulmanes y turcos que ocupan las tierras rusas —más preocupada por lo tanto de la Geopolítica que de la hegemonía etno-civilizacional (un poder estatal más bien que ruso)—, y por consiguiente algo potencialmente anti-cultural. Esta amenaza es enfatizada por la lealtad formal de Dugin a los principios etno-pluralistas, multiculturalistas y comunitarios (derivados del universalismo occidental al que él se opone formalmente) que son componentes clave del “pluriversum” culturalmente relativista de Benoist [3].

Aunque quizá sin querer, estos principios compartidos por Dugin y Benoist no pueden sino poner en peligro a los europeos, porque legitiman la colonización por el Islam de sus tierras históricas, tal como arriesgan convertir a los rusos europeos en un pueblo turco-eslavo o asiático, y por lo tanto lejos del destino que comparten con otros europeos (los “boreanos”: los pueblos Blancos o indoeuropeos del Norte).

En su charla en Identitär Idé IV, Dugin el etno-pluralista incluso jugó con la ficción izquierdista de que la “raza” (como un concepto científico o zoológico) es un “constructo social” (a pesar de su tradionalismo evoliano, que reconoce la significación de la “raza” tanto en sentido físico como espiritual) [4]. Su posición aquí, aunque vacila a veces, es como la de Benoist, de menospreciar el fundamento racial de lo que Saint-Loup llamó la “patria carnal”, la herencia genética y territorial sin la cual los europeos dejarían de ser quienes son [5].

Dugin, por supuesto, es correcto en dejar de lado la “raza” como una clave social determinante. El inminente fallecimiento del hombre blanco es espiritual, no biológico, en origen. (Esto, incidentalmente, es porque un Nacionalismo Americano Blanco que apela principalmente a la raza ya es un proyecto fallido). El espíritu siempre está primero y la base materialista o biológica de la existencia humana es simplemente un vehículo del espíritu.

Pero por muy “insignificante” que sea como un factor determinante, la raza es sin embargo indispensable, en el sentido de que el mundo del hombre es imposible sin ella. Porque el hombre es un ser vivo, infundido de sangre: cambie su sangre (raza) y usted cambia su espíritu. Como sucede con el ser y el Ser, no hay espíritu sin sangre, la sangre distinta al “ser-ahí” (Dasein) del hombre. Esto no significa que la sangre explica o determina todo (al menos directamente), sino que de la herencia genética no se puede prescindir sin prescindir de la misma condición (el hecho de ser-arrojado y la facticidad) del ser humano. No ver que la raza, el linaje y el parentesco, es un aspecto inseparable del ser, es no ver la naturaleza necesariamente encarnada del Dasein. En efecto, el de Dugin no es el Dasein de Heidegger sino un “idealismo” (tal como su tradicionalismo).

Las concesiones de Dugin, a través de Benoist, a los principios mestizadores del cosmopolitismo globalista, junto con la turco-filia e islamofilia de Dugin, son evidentes no sólo en un eurasianismo que mezcla los pueblos Blancos y amarillos, cristianos e islámicos, en un solo sistema de gobierno (en lugar de promover la homogeneidad cultural característica de las tierras europeas occidentales de la Alta Cultura), sino también en su postura en el antiguo debate entre Faye y Benoist sobre el etno-nacionalismo y el comunitarismo.

Guillaume Faye no es una virgen vestal [6], es cierto, pero en los temas decisivos —raza, cultura, inmigración, Islam— él se mantenido en contra de las fuerzas etnocidas del sistema por el bien de la Europa europea, mientras que Dugin, de nuevo como Benoist (quien en 2000 denunció públicamente a Faye como un “racista”, tal como el Estado francés había lanzado un asalto judicial contra él por incitar al “odio racial”), ha intentado repetidamente un acuerdo con las fuerzas anti-Blancas (lo que probablemente explica un cierto interés del Tercer Mundo y del mundo islámico en la Cuarta Teoría Política).

En “The Fourth Political Theory” (4ªTP), Dugin describe a Benoist como un colega trabajador en la 4ªTP y explícitamente lo identifica con su proyecto. Esto ocurre después de una similar afiliación pública de Benoist con la 4ªTP en Moscú en 2009 [7]. A pesar de sus persistentes diferencias, esta colaboración entre las Nuevas Derechas de París y Moscú en años recientes parece encaminada a dar a sus marcas similares de discurso NR (rebautizado como la 4ªTP) una audiencia más grande y más consecuente. (Pero aquí estoy especulando, dado que ya no leo dichas publicaciones)

Cui bono? [¿A quién beneficia esto?]. Para el “soldado político” (el cual, según cree Dugin, está obsoleto), para el etno-nacionalista Blanco, y, sospecho, para el nacionalista ruso, la afinidad de Dugin con Benoist, junto con su oposición anti-racista a Faye, debe activar las alarmas, señalando, como lo hace, la lealtad de Dugin a la más comunitaria y etno-pluralista —es decir, la más políticamente correcta y demográficamente comprometedora— de las tendencias NR.

“The Fourth Political Theory” está lleno de profundas discusiones sobre la 1ªTP (el Liberalismo) y la 2ªTP (el Comunismo), lo que es otra de las razones para su lectura, pero, extrañamente, casi no hay ninguna discusión, salvo esporádicamente, de la 3ªTP (Fascismo / Nacional-Socialismo), quizá porque esta última “teoría” era ella misma una negación de la teoría, y por lo tanto una negación, entre otras cosas, del “modernismo” que Dugin de manera simplista le atribuye.

Tal como él, cuestionablemente, trata al Nacional-Socialismo y al Fascismo, aunque obviamente diferentes, como tendencias estrechamente relacionadas, mientras al mismo tiempo ignora sus raíces comunes en la historia temprana de la resistencia anti-liberal, de manera similar él descuida las ramificaciones post-1945 de esta “teoría” supuestamente moribunda, negándose a aceptar que la 3ªTP no murió después de la guerra y, más importante aún, que las fuerzas históricas que alguna vez la convirtieron en una potencia en el mundo (la destrucción del significado y las dislocaciones socio-económicas que aparecen con la liberalización excesiva —piense en la “globalización” de hoy) están creando en la actualidad condiciones favorables para otra insurgencia de masas, de estilo “fascista” y anti-liberal. [8]

Para Dugin, la 3ªTP —llamémosla “fascismo” (con minúsculas)— se entiende de una manera no muy diferente a la de la Internacional Comunista después de su conversión en el Frente Popular (1934). Al tratar entonces de congregar a las plutocracias democráticas en una alianza de seguridad colectiva con la Unión Soviética contra la insurgente Alemania, la Internacional Comunista (Comintern) utilizó la palabra “fascismo” como un término genérico para describir una multitud de movimientos, supuestamente confabulados con las facciones más reaccionarias y militaristas del Gran Capital, pero que tenían poco en común aparte de la defensa anti-liberal y anti-comunista de la nación o de las tradiciones de la nación.

No sólo los fascistas italianos y alemanes nacionalsocialistas, sino el Ku Klux Klan y los republicanos de Estados Unidos, los franquistas y los falangistas de España, las “ligas” y otros en Francia, los rexistas católicos de Bélgica, los Guardias de Hierro Ortodoxos de Rumania, y prácticamente toda tendencia del período de entreguerras que se opuso a las devastaciones nihilistas del “capitalismo democrático”, del comunismo soviético o de las argucias judías, terminó siendo etiquetada como “fascista”. Conceptualmente, este “fascismo” fue tan superficialmente definido que “el control cognitivo sobre los criterios de ingreso en la clase casi se perdió”, mientras que el término evolucionó, en una forma de exclusión liberal o izquierdista, hacia la palabra “racismo”.

Después de 1945, tanto la Izquierda como la Academia continuaron siguiendo la línea de la Comintern, usando el término “fascismo” para describir a todo o a cada uno que pudiera oponerse a la 1ªTP o a la 2ªTP en nombre de alguna tradición o identidad arraigada (lo que Dugin llama “Dasein”). No hay nada “científico” (es decir, riguroso) aquí, ya que el término se utiliza expresamente para demonizar a quien sea o lo que sea que se oponga a las fuerzas de la subversión capitalista o comunista, por lo general debido a que los argumentos y las aseveraciones que justifican sus prácticas no pueden resistir el escrutinio racional, incluso en sus propios tribunales. Que Dugin use el término de la misma forma, sugiere algo acerca de su propia valoración del anti-liberalismo europeo.

El segundo problema importante con el tratamiento de Dugin de la 3ªTP (específicamente el Fascismo y el Nacional-Socialismo) es que él deja de reconocer que estas “ideologías” no se originaron ex-nihilo en los años ’20 y ’30, sino a partir de un movimiento ya de medio siglo que había surgido en oposición a fuerzas modernizadoras similares impulsadas por los judíos e intereses especulativos que se beneficiaban de la “economización” en curso de la vida europea, producto del liberalismo. No ver o no enfatizar el crisol histórico-social a partir del cual surgió la 3ªTP, hace que Dugin no logre ver el intento mayor de lucha contra el modernismo emprendido por su “Tercera Vía”.

Las luchas de la Tercera Teoría Política contra la modernidad liberal, que está más allá de la Izquierda y la Derecha, entraron por primera vez en el escenario histórico en el siglo XIX, cuando los elementos del ala revolucionaria anti-liberal del movimiento obrero se unieron a los elementos del ala revolucionaria anti-liberal del movimiento nacionalista para resistir el modelo de Estado y de sociedad hebraico (es decir, usurero), un modelo que convierte a la nación en un mercado, complace a los cosmopolitas, y le niega una historia y un destino [10].

En este sentido, el Nacional-Socialismo alemán y el Fascismo italiano representaron una continuación de estas tempranas expresiones socialistas y nacionalistas de anti-liberalismo, siendo ambos sui generis principalmente en la encarnación del espíritu y el carácter de su época.

Al igual que nuestros historiadores de la corte, Dugin no puede definir el “fascismo” sino superficialmente. En realidad, sólo puede ser definido superficialmente dado que el “fascismo” fue un engaño ideológico, porque hubo sólo un fascismo y numerosas formas distintas y particularistas de la 3ªTP: anti-liberalismo, anti-capitalismo, anti-comunismo, anti-modernización, anti-judaísmo, ultra-nacionalismo, etcétera, a veces superponiéndose unas a otras, a veces no, pero, en la mayoría de los casos, defendiendo su Dasein colectivo en términos de un territorio y una población específicos.

En un esfuerzo similar, Dugin ignora las circunstancias históricas que llevaron al Fascismo italiano y al Nacional-Socialismo alemán al poder: los profundos trastornos materiales y psicológicos de la guerra de 1914-1918 y la devastadora crisis económica que siguió en los años ’30. Si se prestara más atención a este aspecto de su argumento, él podría haberse dado cuenta de que desde la crisis de 2008, el estancamiento económico, las confiscaciones abusivas por parte de los magnates ladrones, y el vaciamiento de las instituciones europeas, fundamentalmente del Estado, han creado las condiciones para que pueda surgir otra forma masiva de la 3ªTP que desafíe a las fuerzas etnocidas al mando del Estado y de la sociedad.

Si esto ocurriera, la Tercera Teoría Política (la “ideología anti-liberal”, y por lo tanto, anti-sistema), que surgió como rebelión contra la modernidad liberal y el capitalismo corporativo en la década de 1890, y que fue llamada “fascismo” en los años ’20 y ’30, es probable que asuma lo que antes eran las formas imprevisibles de “identitarismo”, “goldendawnismo”, “casapoundismo” y cualquier otra tendencia nacionalista revolucionaria que actualmente luche contra la devastación liberal de la vida europea no necesariamente en nombre de la “raza”, el “Estado”, o de alguna teoría (como Dugin lo ha hecho), sino en nombre de las tradiciones que definen a los europeos como un pueblo (es decir, como Dasein y Mitsein, conceptos, vía Martin Heidgegger, nativos de la 3ªTP) [10].

No es coincidencia que las tendencias que hoy representan a la 3ªTP sean tan distintas y diferentes como los “fascismos” del período de entreguerras, aunque cada una pertenezca a la misma trascendental rebelión contra la modernización liberal que fue derrotada en 1945 y que sólo ahora, e incluso con cierta renuencia, está comenzando a reafirmar algo de su antiguo significado de oposición.

Los anti-liberales están sin embargo en deuda con Dugin por darles el término “Tercera Teoría Política”, porque ellos ahora pueden abstenerse (cuando son francos) de describirse o de pensar en sí mismos como “fascistas” (quienes, repito, eran parte de algo nacido de una lucha europea más antigua contra las fuerzas emergentes de la modernidad judía) [11], y que por lo tanto debieran ser vistos, más exactamente, como expresiones de este movimiento histórico mayor (3ªTP), el cual ha tenido muchas manifestaciones diferentes, la mayoría de las cuales convergieron en la resistencia a las fuerzas etnocidas asociadas con el capitalismo, el comunismo o los judíos. Más allá de eso, existió poca similitud ideológica (“teoría”).

A pesar de que la 3ªTP es caracterizada como “fascista” o como un movimiento más grande anti-liberal, ella sigue refiriéndose a la situación mundial actual, porque a diferencia de las tímidas imputaciones de la 4ªTP y de la apoliteia persistente en sus antecedentes, tiene un récord indiscutible de combatir contra las legiones oscuras del Anticristo, no por el bien de una teoría sino por ciertas identidades primordiales arraigadas en la sangre y en el espíritu, en parientes y compatriotas. En efecto, si los europeos han de sobrevivir al siglo XXI, parece probable que ellos van a tener que luchar por algo de mayor importancia “mítica” que los principios modestos, sin carácter y teóricos de la 4ªTP.

Como sucedió con el Fascismo y con el Nacional-Socialismo en su tiempo, la 3ªTP en nuestro tiempo es probable también que rechace los escenarios políticos establecidos y se manifieste de manera “extra-institucional” —en contra de la Troika (Fondo Monetario Internacional, Banco Central Europeo y Comisión Europea) y sus Parlamentos masónicos, cambistas de dinero y judeo-norteamericanistas— mientras resiste los efectos del liberalismo destructivos de las naciones y, más en general, al sistema usurero que Estados Unidos impuso sobre la derrotada Europa en 1945.

En los nuevos escenarios políticos que creará (análogo a los soviéticos de la Segunda Teoría Política), el llamado de la 3ªTP no será a un partido, una teoría o a una abstracción metafísica (Dasein), sino al “pueblo soberano” (desvalorizado como pueda estar dicho término en la “sociedad del espectáculo”), ya que la 3ªTP reúne a la oposición contra un sistema irreformable que amenaza a los europeos con la extinción.

Y al igual que en sus manifestaciones más tempranas, la lucha actual de la 3ªTP creará una contra-hegemonía, anticipando un futuro en el que los europeos serán otra vez libres para perseguir el destino nacido de sus “reyes y emperadores” góticos. No va a promover un programa de “acción afirmativa” [discriminación inversa] para relaciones internacionales ni va a velar por la integridad comunitaria de las poblaciones extranjeras que están ocupando sus tierras.

El tercer y más significativo problema en el tratamiento que hace Dugin de la 3ªTP radica en ignorar sus ramificaciones de posguerra, y, por lo tanto, en dejar de reconocer aquellos aspectos del pensamiento “fascista” de la posguerra que pueden ser relevantes para la situación actual, sobre todo ahora que se ha despojado de su anterior mezquino nacionalismo de Estado, de su racismo burgués (“vertical”) y de su anti-eslavismo.

Dugin y Benoist son ambos fuerzas extraordinariamente creativas, de los cuales se puede aprender mucho, pero ideológicamente el proyecto de estos “intelectuales de libre flotación” está más cercano en espíritu al “tradicionalista” príncipe Carlos de Inglaterra que a las figuras de la postguerra de la 3ªTP como el Vabanquespieler [término de Ernst Jünger, “un jugador de juegos peligrosos; un aventurero dispuesto a arriesgarlo todo en un juego de dados”] estadounidense Francis Parker Yockey, cuyo así llamado “fascismo de posguerra” llevó la teoría y la práctica de la 3ªTP hasta un punto todavía no alcanzado por el pensamiento de la Cuarta Teoría Política o Nacional-Revolucionismo.

Yockey no conocería nada de la posmodernidad de Dugin sino hasta principios de los años ’50, basado en la estética europea (es decir, spengleriana) más bien que en criterios científicos objetivos, y así, con una especie de posmodernismo anticipado, él elaboró una comprensión anticipada de lo que vendría, ofreciendo tanto un análisis como una forma de luchar contra cualquier forma posmoderna que la Sinagoga de Satanás pudiera asumir [12]. Es difícilmente una coincidencia que la resistencia anti-liberal de posguerra comenzara —y culminara— con él.

Una lucha revolucionaria imperial contra el Leviatán atlantista (también conocido como el Nuevo Orden Mundial) —la lucha a la que Yockey dedicó su vida— gira en torno a la formación de una federación euro-rusa para luchar contra las potencias talasocráticas: los anglos-sajones que encarnan la ética Protestante y el espíritu del capitalismo —Inglaterra y Estados Unidos—, cuya dictadura hedonista de la “destrucción creativa” no fue la invención de judíos maniáticos sino completamente de cosecha propia, ya que nació en Runnymede [lugar de Londres donde se selló la Carta Magna en el siglo XIII], llegó a la mayoría de edad con los sacrilegios de Enrique VIII, que convirtieron al cristianismo en una religión de capitalismo (el Protestantismo), y triunfó con la oligarquía liberal (whig) que ha dominado al mundo occidental desde 1789, cuando sus ideólogos continentales derrocaron a la monarquía francesa, tomando el lugar de una modernidad “católica” y suntuosa [13].

Hacia 1952 Yockey comprendió que tanto la liberación como el destino de Europa estaban de ahí en adelante vinculados a Rusia, la única potencia mundial capaz de resistir la satánica contra-civilización geopolíticamente alineada a lo largo del eje Tel Aviv-Washington-Londres [14].

Resistiendo al Leviatán, el movimiento que se extendió desde Yockey, Saint-Loup, René Binet y otros en los años ’40 y ’50, a Jean Mabire, François Duprat y Jean Thiriart en los años ’60 y principios de los ’70, y hasta la actual generación de nacionalistas revolucionarios, identitarios y otras tendencias de “tercera vía” o anti-sistema despertadas por el dorado amanecer [15], da testimonio (me parece) de la continua vitalidad de esta “teoría” supuestamente moribunda, especialmente en comparación con la metapolítica carente de acciones del NR o con el discurso de la Cuarta Teoría Política.

En contraste con la 4ªTP, en el corazón de la 3ªTP late el espíritu no de la teoría sino de la práctica. Las grandes tribunas de la 3ªTP siguieron todas a (Carlo) Pisacane en su convicción de que “las ideas surgen de los hechos y no al revés”. Lo que siempre hace (y ha hecho) falta no son ideas sino hombres que las comprendan. No hay metapolítica, como tal, sin política.

Privilegiando el camino Real de Évola frente al sacerdotal de Guénon, la resistencia de la Tercera Teoría Política se distingue actualmente por luchar a favor del socialismo en contra de la Izquierda, a favor del nacionalismo en contra de la Derecha, y a favor de la “diferencia” de Europa en contra de los ideólogos multi-racistas de la Cuarta Teoría Política.

* * *

Después de 1945, los prisioneros de guerra de la 3ªTP fueron exiliados a los márgenes de la sociedad europea. Es desde allí, en consecuencia, que se está preparando el asalto final contra el centro liberal. Para los propagandistas de los hechos —la intención de librar a Europa de sus usureros y sus intrusos extranjeros, y por lo tanto, de la reanudación de su destino—, la teoría de Dugin es un desvío del Imperium euro-ruso, el cual ofrece la posibilidad de crear no la utopía de la multipolaridad de la 4ªTP o de replicar la bajeza de la unipolaridad de Estados Unidos, sino de establecer un orden mundial pacífico basado en principios boreales.

Notas

1. Alexander Dugin, The Fourth Political Theory, trans. M. Sleboda and M. Millerman (London: Arktos, 2012).

2. Thierry Wolton, Rouge-Brun: Le mal du siècle (Paris: Lattès, 1999).

3. Michael O’Meara, “Benoist’s Pluriversum: An Ethnonationalist Critique,” The Occidental Quarterly 5: 3 (Fall 2005); http://toqonline.com/archives/v5n3/53-mo-pluriversum.pdf. Also Michael O’Meara,”Community of Destiny or Community of Tribes?,” Ab Aeterno n. 2 (March 2010); http://www.counter-currents.com/2010/08/community-of-destiny-or-community-of-tribes/.

4. Dugin’s Identitär Idé IV talk is at http://www.youtube.com/watch?v=7X-o_ndhSVA. On race and Traditionalism, see Julius Evola, Éléments pour une éducation raciale,trans. G. Boulanger (Puiseaux: Pardès, 1984 [1941]); also Frithjof Schuon, Castes and Races, trans. M. Pallis and M. Matheson (Bedfont, UK: 1982 [1959]).

5. Saint-Loup, “Une Europe des patries charnelles,” Défense de l’Occident, n. 136 (March 1976).

6. Michael O’Meara, Guillaume Faye and the Battle of Europe (London: Arktos, 2013).

7. http://www.evrazia.tv/content/alien-die-bienua-o-chietviertoi-politichieskoi-tieorii.

8. George Friedman, “Europe, Unemployment and Instability” (March 5, 2013),http://www.stratfor.com/weekly/europe-unemployment-and-instability.

9. Karlheinz Weissmann, Der Nationale Sozialismus: Ideologie und Bewegung 1890–1933 (Munich: Herbig, 1998); Zeev Sternhell, La Droite révolutionnaire 1885–1914: Les origines françaises de fascisme (Paris: Seuil, 1978); Arnaud Imatz, Par-delà droite et gauche: Histoire de la grande peur récurrente des bien-pensants(Paris: Godefroy de Bouillon, 2002).

10. Pace Dugin, Martin Heidegger remained a proponent of 3PT, evident in his National Socialist critique of Hitler’s regime; see his “second magnum opus,”Contributions to Philosophy (From Enowning), trans. P. Emad and K. Maly (Bloomington: Indiana University Press, 1999 [1936-38/1989]).

11. On the essentially “Jewish” character of “modernity,” see Yuri Slezkine, The Jewish Century (Princeton: Princeton University Press, 2004).

12. Francis Parker Yockey, The Proclamation of London (Shamley Green, UK: The Palingenesis Project, 2012 [1949]); Francis Parker Yockey, “The Prague Treason Trial: What Is Behind the Hanging of Eleven Jews in Prague” (1952),http://www.counter-currents.com/tag/the-prague-treason-trial/.

13. E. Michael Jones, The Jewish Revolutionary Spirit and Its Impact on World History (South Bend, Ind.: Fidelity Press, 2008); Steve Pincus, 1688: The First Modern Revolution (New Haven & London: Yale University Press, 2009).

14. Desmond Fennell, Uncertain Dawn: Hiroshima and the Beginning of Post-Western Civilisation (Dublin: Sanas, 1996).

15. Nicolas Lebourg, Le Monde vu de la plus extrême droite: Du fascisme au nationalisme-révolutionnaire (Perpignan: Presses Universitaires de Perpignan, 2010).

 

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