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Los Diarios Secretos del Doctor de Hitler de David Irving

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English original here

David Irving
The Secret Diaries of Hitler’s Doctor
Windsor: Focal Point Publications, 2009

Publicado por primera vez en 1983, The Secret Diaries of Hitler’s Doctor es uno de los más impresionantes –pero menos celebrados- trabajos de investigación histórica de Irving, ahora reeditada en una hermosa rediseñada edición con un detallado índice.

Como Irving señala, las enfermedades y los doctores han marcado el curso de la historia. Napoleón  renunció a su victoria en Waterloo por un poderoso ataque de disentería que lo forzó a irse del campo de batalla en su momento cumbre.

Hitler también puede que haya renunciado a la victoria por enfermedad.

En el verano de 1941, en el punto cumbre de Operación Barbarroja, Hitler estaba debilitado hace semanas por la disentería. Debido a su condición, él fue incapaz de resistir los constantes intentos de los militares de minar su estrategia de envolvimiento a favor de un ataque frontal directo hacia Moscú. La estrategia de Hitler era correcta, pero fue fatalmente comprometida. Por supuesto, si Hitler hubiera sido el gran tirano que se dice que es, él no hubiera discutido con sus generales y no se hubieran atrevido a irse o minar sus estrategias. ¡Imaginen intentar eso con Stalin!

En 1944, Hitler no pudo viajar a Francia a consultar con Rommel por los problemas de su oído interno consecuencia del intento de asesinato del 20 de Julio. Luego ese año, Hitler estuvo postrado en la cama con hepatitis un poco antes de la Batalla de las Ardenas.

Debido a que los hombres más poderosos de la historia todavía se enferman, los doctores son siempre moscas en la pared –y muchas veces la pomada- de la historia.

Los médicos ganan un conocimiento muy íntimo pero estrecho y técnico de sus pacientes. Así sus diarios y registros son indispensables para el investigador histórico, pero también requieren una gran cantidad de contextualización.

Uno esperaría que una colección de diarios, notas e informes de laboratorio de un médico, conformar una lectura insulsa sin importar quién era el paciente, pero David Irving se las arregla para darle emoción a dicho material colocándolo en el contexto de una lucha titánica sobre el destino del mundo.

Hitler, como muchos hombres de genio, poseía una imaginación poderosa, una toma de conciencia de sí mismo y del mundo, y una inmensa fuerza de voluntad por la cual él hizo sus visiones real. Por desgracia, en forma con estos rasgos positivos, es frecuente encontrar la hipocondría (la propensión a imaginar enfermedades) y enfermedades psicosomáticas (enfermedades físicas causadas por la propia psique de la víctima). Este fue sin duda el caso de Hitler.

Desde una temprana edad, Hitler nunca viajó sin su provisión de medicinas, y a medida que su riqueza y poder creció, también lo hicieron sus doctores y medicinas. En 1934, el empezó a viajar con un médico acompañante, lo cual eventualmente creció a todo un equipo de doctores. Y en los últimos 8 años de su vida, el médico principal fue Theodor Gilbert Morell (1886-1948).

El éxito de Morell no estuvo basado en su apariencia o encantos. Era gordo, pelado, corto de vista, peludo, glotón, maloliente y de malos modales. Era ampliamente criticado y despreciado por los otros médicos del entorno de Hitler, particularmente por Dr.Karl Brandt (1904-1947), el primer médico acompañante de Hitler, cuyos celos y desconfianza de Morell lo llevó a intrigas constantes hacia él. Exasperado, Hitler finalmente despide a Brandt en octubre de 1944.

Morell estaba lejos de ser perfecto, pero el ciertamente no era un loco como sus enemigos lo han hecho parecer. Montó su primer consultorio médico en Berlín en 1919, y en 1920 se volvió un prominente, y adinerado doctor. Los aristócratas, industrialistas y artistas famosos buscaron su atención. Hitler, además, no fue la primera cabeza de estado que le ofreció trabajo a Morell. Él rechazó ser médico de la corte del Shah de Persia y del Rey de Rumania. Morell también trató a Mussolini.

Aunque Morell era un médico general, en los 30’s, él empezó a especializarse en el tratamiento de enfermedades venéreas, y debido a sus paciente de perfil alto, esto llevó a un alto nivel de discreción y confianza. Morell llegó a la atención de Hitler en 1936, cuando su amigo fotógrafo Heinrich Hoffmann visitó a Morell para ser tratado por gonorrea. Morell lo curó, lo cual fue una hazaña impresionante antes del invento de la penicilina.

Luego en 1936, Hoffmann invitó a Morell y a su esposa a visitarlo en Munich, y en la casa de Hoffmann ellos fueron introducidos a Hitler. Los Morells también pasaron la navidad de 1936 con los hoffmanns, y el día de navidad Hitler los invitó a todos a Berghof[1].  Fue un día clave, ya que Hitler por primera vez consultó a Morell médicamente.

Hitler estaba sufriendo de eczemas en sus piernas, tinnitus, y fuertes dolores estomacales. Él empezó a tener estos síntomas en 1936 durante un período de perdida personal y aplastante stress. En mayo, Hitler estaba profundamente adolorido por su condición y la muerte de su chofer personal Julius Schenk. Luego en el verano Hitler remilitarizó Renania por sobre las objeciones de sus asustados generales. Otros doctores fallaron en aliviar los síntomas y los tratamientos sólo empeoraban los dolores de Hitler. A lo largo del otoño de 1936, Hitler se volvió progresivamente más frágil y demacrado.

Debido a que los problemas de salud de Hitler invariablemente acompañaron periodos de molestias emocionales, Morell sospechó que eran en su mayoría psicosomáticos. Él le dijo a Hitler directamente que él lo tendría saludable en un año.

Morell también llegó a creer que la bacteria intestinal de Hitler estaba desbalanceada, quizás como consecuencia de sus calambres intestinales, quizás como consecuencia de los tratos de otros doctores. Esta hipótesis fue confirmada por test de laboratorio. Morell entonces recetó capsulas de bacterias intestinales amigables para recolonizar el tracto digestivo de Hitler. En 1930, esto radicalmente nuevo tanto en teoría como en tratamiento, pero hoy es ampliamente aceptado, particularmente entre los médicos naturistas.

Morell cumplió su promesa. Luego de seis meses, el eczema y los calambres habían desaparecido y Hitler podía comer normalmente. Luego de nueve meses, él había recuperado su vieja fuerza, y desde ese momento, Hitler confió en Morell completamente. Los Morells reciben tickets VIP para la convocatoria de Nuremberg de 1937. Premios mucho más grandes vendrían después. Morell también acumuló similares curas para el Dr.Goebbels y otros nazis notables.

Los detallados informes médicos y diarios de Morell son útiles para refutar las mentiras sobre Hitler. Por ejemplo, que tenía genitales anormales o que sufría de sífilis. Morell estaba especializado en enfermedades venéreas. Por lo tanto el estaría atento a síntomas de sífilis.  Pero él nunca afirmó eso en sus diarios, informes o subsiguientes interrogatorios por los aliados. Es más, los resultados de sangre de 1940, incluyendo los análisis Wasserman, Neinicke y Kahn, indican que Hitler nunca contrajo sífilis.  (Mayor razón para pensar que Hitler no tenía sífilis era la racionalidad fundamental de su visión del mundo y de las acciones.)

Hacia el final de su vida, Hitler mostró signos de Parkinson, los cuales eran ampliamente observados por la gente en su círculo. Los registros de Morell confirman estas observaciones e indican que él estaba inclinado al diagnóstico de Parkinson. Pero también sospechaba de una dimensión psicosomática. Es ciertamente extraño que los tremores hayan desaparecido durante un tiempo después de que Hitler sobreviviera el intento de asesinato del 20 de julio de 1944. Hitler atribuyó su improbable escape a la providencia y su confidencia en sí mismo y su elevada misión.

Los documentos de Morell también indican que Hitler estaba empezando a sufrir problemas de corazón, un hallazgo que inicialmente mantuvo en secreto a su paciente.

Aunque la animosidad de Karl Brandt hacia Morell se explica por celos profesionales y aversión personal, él no era el único que se preocupaba por los tratamientos de Morell. Con los años, el séquito de Hitler se alarmó ante el número de pastillas e inyecciones administradas por Morell. A veces, era difícil encontrar una vena fresca.

Las inyecciones contenían principalmente glucosa, vitaminas y preparaciones hormonales, la mayoría producidas por firmas farmacéuticas de Morell. Aunque uno puede dudar del conflicto de intereses, Irving revela que Morell inyectaba a Hitler con dosis tan pequeñas que era poco probable algún efecto farmacológico, para bien o para mal. Hitler, sin embargo, mostró visiblemente mejoras después de estas inyecciones.

Por lo tanto, parece más probable que los tratamientos de Morell fueran placebos. Por supuesto, Hitler, era un paciente ideal para los placebos, debido a su poderosa imaginación que alimentaba su hipocondría, y su poderosa voluntad, que lo llevaba a sus malestares psicosomáticos. Por supuesto, los doctores convencionales (y los manufacturadores farmacéuticos) desdeñaban a los placebos. Pero si uno puede engañar a la mente para curar al cuerpo con pastillas de azúcar (o inyecciones de glucosa) ¿no es esa la mejor medicina de todas?

Algunos han cuestionado el uso constante de inyecciones de Morell. Pero Irving revela que era preferencia de Hitler. Él quería resultados rápidos y no tenía tiempo para tragar pastillas. Él quería la medicina introducida directamente en su corriente sanguínea, no por su estómago. Morell siguió la preferencia de Hitler, pero quizás tenía otras razones. El libro deja en claro que Hitler era inusualmente auto-consciente de su boca y garganta –los cuales acompañaban que sea un efectivo orador- y también su tracto gástrico entero. Él era propenso a imaginar cosas atoradas en su garganta. Él también estaba mórbidamente obsesionado sobre las pastillas que había tragado, imaginándolas o sintiéndolas en su estómago. Entonces es fácil ver porque Morell consideró mejor reemplazar las pastillas con inyecciones siempre que fuera posible.

Algunos en el séquito de Hitler pudieron haber sido sorprendidos o desconcertados cuando, en 1941, Morell tratado el tinnitus de Hitler con sanguijuelas. Esto tiene un aire de brujo, pero los poderes curativos de las sanguijuelas es todavía hoy reconocido, y uno las puede pedirlas en cualquier apotecario. Las sanguijuelas ayudaron, aunque una de ellas murió luego de beber la sangre de Hitler.

Lo peor que se puede decir del tratamiento de Morell es que él recetó Ultraseptyl, una droga sulfamida manufacturada por una de sus compañías, para combatir infecciones bacteriales.  (Estas eran drogas anti-bacteriales usadas antes del desarrollo de los antibióticos). En comparación con otros del mismo género, Ultraseptyl era inefectivo y tendía a efectos dañinos. Hitler finalmente rechazó tomarlo en Octubre de 1944, afirmando que le daba un “estomago tenso” (lo cual podría ser verdad, pero también es el tipo de cosas que él imaginaba). Después de eso, Morell le dio a Hitler inyecciones de Tibatin, un sulfamida más efectivo.

Con toda justicia, Morell también tomó Ultraseptyl, pero parece un claro ejemplo de cómo el tener un interés financiero en un medicamento puede hacer a un médico, consciente o inconscientemente, favorecerlo sobre sus rivales más efectivos, en detrimento de sus pacientes.

Otra controversia estaba alrededor de la medicina llamada ‘pastillas anti-gas del Dr.Koester’, las cuales Hitler tomaba con sus comidas. (Su dieta consistía principalmente de almidones y jugos de frutas o fruta, una combinación que garantiza gas. Combinado con la tendencia de Hitler al estreñimiento nervioso o espástico, los dolores por gases le hicieron miserable.) Irving no deja en claro si las pastillas fueron recetadas o no. (Suenan como una medicina patentada) Tampoco esta claro si Morell era quien las recetó o recomendó.

Dr. Erwin Giesing, quien asistió a Hitler de julio a octubre de 1944, junto con los médicos desde hace mucho tiempo de escolta de Hitler Karl Brandt y Hanskarl von Hasselbach, descubrieron que las píldoras contenían estricnina y atropina y afirmaron que estaban dañando la salud de Hitler. Pero, como Paracelso señaló, el veneno está en la dosis. Una pequeña cantidad de estricnina podría tener efectos terapéuticos. Una cantidad grande es fatal. Las píldoras contenían estricnina y atropina, pero en dosis mucho más pequeñas que los médicos afirmaron. Hitler no estaba en peligro.

Giesing, Brandt y Hasselbach estaban obviamente exagerando el peligro para remover a Morell. Giesign incluso afirmó que se dosificó a sí mismo y llegó a los mismos síntomas de Hitler-una obvia mentira. La confidencialidad paciente-médico obviamente salió volando por la ventana. Pronto los cuarteles de Hitler estaban encendidos de rumores. Himmler miró el asunto personalmente. Al parecer era psicólogo (o cínico) lo suficiente como para ver a través de los motivos de los médicos. Fueron despedidos. Morell quedó.

En definitiva, la razón más grande por la cual Morell fue considerado un loco peligroso es que la salud de Hitler declinó marcadamente bajo su cuidado. Pero esto es difícilmente justo. Si Morell hubiera abandonado a Hitler en 1937 o 1938 o 1939, él nunca habría sido asfaltado con la reputación de un charlatán. Pero él se pegó con Hitler casi hasta el final. Y el pronóstico a largo plazo para cada paciente es decadencia y muerte. Es sólo que la mayoría de los médicos nunca se quedan el tiempo suficiente para ser culpados por ello.

Sin duda, la causa más significativa del deterioro de la salud de Hitler fue la aplastante carga de la guerra, que fue amplificada por su propensión a la enfermedad psicosomática causada por el estrés. Ningún médico pudo haber preservado la salud de Hitler en tales circunstancias, y un médico que estaba menos en sintonía con la psique de Hitler y más inclinado a depender enteramente de los productos químicos podría haber tenido peores resultados que los de Morell.

El Dr. Morell se quedó con Hitler en su búnker de Berlín hasta el 21 de abril de 1945, cuando Hitler lo despidió. Morell le dijo un periodista estadounidense que cuando llegó para darle una inyección de glucosa a Hitler, Hitler lo detuvo y le dijo que él sabía que estaba planeando inyectarle morfina. Irving especuló que si Hitler dijo realmente eso, él podría haber sospechado de Morell de conspirar con sus generales para drogarlo y lo moverlo de Berlín en contra de su voluntad.

Cuando Hitler terminó su perorata, Morell se derrumbó patéticamente a sus pies. Hitler, por supuesto, sabía que el final estaba cerca. Ya no necesitaba un doctor. Tal vez simplemente estaba tratando de salvar a su fiel retenedor y sabía que Morell saldría sólo si había una ruptura entre ellos.

Morell dejó Berlin por Baviera el 23 de abril en el avión Condor de Hitler. Morell tenía severos problemas de corazón y de circulación, y el estrés de la guerra había tenido un gran impacto. Fue hospitalizado casi inmediatamente.

El 17 de julio fue arrestado en su cama hospitalaria por los americanos y fue torturado. Se la arrancaron las uñas, y le dijeron que la mujer gritando en la habitación adyacente era su esposa. Cuando su mujer finalmente lo visitó, él estaba roto, un despojo demacrado. Él lloró y pensó que ella estaba muerta.

La mente de Morell también se estaba yendo. Aparentemente sufría de arteriosclerosis avanzada, y quizás también derrames cerebrales, lo que causó pérdida de memoria y parálisis en su lado derecho. Nunca hubo una cuestión de acusarlo de crimen alguno. Los americanos sólo querían exprimirle información. Pero Morell fue declarado incapaz de testificar en una corte el 12 de Octubre de 1946.

El 20 de junio de 1947, Morell simplemente fue arrojado a una sala de espera en la estación de Munich. Luego de eso, él fue admitido en una clínica donde continuó desmejorando, perdiendo su memoria y la capacidad de leer y escribir. El 26 de Mayo de 1948, Theodor Gilber Morell murió, y en las palabras de su antiguo asistente Richard Weber, “como un perro callejero”.

La imagen de Morell que emerge es la de un doctor que tenía sensibilidad a la dimensión y curación psicológica de la enfermedad, y también dispuesto a emplear remedios tradicionales (sanguijuelas) como innovaciones como la colonización intestinal por bacterias amigables. Su principal defecto era que permitió a sus intereses en diferentes asuntos farmacéuticos el influenciar sus recetas. Pero un factor mitigante es que muchas de sus medicinas fueron usadas en dosis tan pequeñas que funcionaron como placebos.

Como un extranjero social, Hitler desconfiaba de los expertos convencionales. En su lugar, él hizo tomó sus decisiones basadas en el carácter y los resultados. Morell curó a Hoffmann. Luego el curó a Hitler. Después de eso, Hitler probablemente sintió que la Mente de Morell, como la propia de Hitler, no estaban rígidamente apestadas por convenciones, algo transmitido en sus tratamiento. La admiración y lealtad mutua entre los dos hombres es conmovedora.

Recomiendo altamente The Secret Diary of Hitler’s Doctor. Es un hermoso ejemplo del talento prodigioso de David Irving como entrevistador y sabueso de archivos que arrebató memorias invaluables, hechos y documentos de los devoradores dientes del tiempo. Eso es lo que él quiere decir con “Historia Real”. Garantiza que sus trabajos serán leídos y utilizados por otros historiadores por todos los tiempos por venir.

Fuente: The Barnes Review, vol. 17, no. 6. Noviembre-Diciembre, 2011.

Nota

[1] Berghof fue el lugar de descanso y segunda residencia gubernamental de Adolf Hitler en Obersalzberg, en los Alpes Bávaros cerca de Berchtesgaden, Alemania.

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